tempe Temperamentvm Temperamentum 1699-6011 Fundación Index Spain 1699-6011-tempe-20-e15682 10.58807/temperamentvm20247123 00006 ARTÍCULOS Conflicto en el Instituto Rubio de Madrid (1912). ¿Enfermeras internas o Hijas de la Caridad?* Conflict at the Rubio Institute in Madrid (1912). Resident nurses or Daughters of Charity? Herrera Rodríguez Francisco 1 González Iglesias María Elena 2 Catedrático de Escuela Universitaria (jubilado). Historia de la Enfermería y Fundamentos e Historia de la Fisioterapia. Facultad de Enfermería y Fisioterapia. Universidad de Cádiz. Cádiz, España Universidad de Cádiz Universidad de Cádiz Facultad de Enfermería y Fisioterapia Cádiz España Grupo Oseira de Historia de la Enfermería. Ourense, España Grupo Oseira de Historia de la Enfermería Ourense España Correspondencia: me.gonzalez.iglesias@gmail.com (María Elena González Iglesias)

En septiembre de 2023 los autores teníamos un borrador muy adelantado, faltaban algunos retoques para dar por concluido este artículo. Tras el fallecimiento de Francisco Herrera, decidí esperar un tiempo para hacer esa última revisión, para la que ya no contaría con su ayuda, de ahí que finalmente se publique un año después de su muerte (María Elena González Iglesias).

03 03 2025 2024 20 e15682 20 12 2024 30 12 2024 Publicado bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento-No Comercial (CC BY-NC/3.0). Resumen

En junio de 1912, en el Instituto Rubio de Madrid, en cuyo seno se encontraba la Escuela de Enfermeras de Santa Isabel de Hungría, ambas instituciones fundadas por Federico Rubio y Galí (1827-1902), se desarrolló una crisis muy importante por la propuesta de algunos miembros de la Junta y de algunas «señoras curadoras» que plantearon sustituir a las enfermeras internas por las Hijas de la Caridad; propuesta a la que se opuso la hija del fundador, Sol Rubio y Chacón que también en 1916 publicó un libro titulado El Instituto Rubio y los Estatutos de su fundador. Defensa documentada, en el que denuncia entre otras cuestiones el incumplimiento de los Estatutos de 1896, además de considerar ilegal la reforma de dichos estatutos realizada en 1910.

Abstract

In June 1912, at the Rubio Institute in Madrid, within which was located the Nursing School of Saint Elizabeth of Hungary, both institutions founded by Federico Rubio y Galí (1827-1902), a very important crisis took shape due to the proposal of some members of the Board and some "lady curators" who proposed replacing the resident nurses with the Daughters of Charity, a proposal that was opposed by the daughter of the founder, Sol Rubio y Chacón, who, besides published a book in 1916 titled El Instituto Rubio y los Estatutos de su fundador. Defensa documentada, in which she denounces, among other issues, the non-compliance with the Statutes of 1896, in addition to considering illegal the reform of the given statutes carried out in 1910.

Palabras clave Escuela de Enfermeras Santa Isabel de Hungría Eugenio Gutiérrez y González Federico Rubio y Galí Hijas de la Caridad Hermanas de la Caridad Instituto Rubio Instituto de Terapéutica Operatoria Señoras curadoras Sol Rubio y Chacón Keywords Nursing School of Saint Elizabeth of Hungary Eugenio Gutiérrez y González Federico Rubio y Galí Daughters of Charity Sisters of Charity Rubio Institute Institute of Operative Therapeutics Ladies Curators Sol Rubio y Chacón

A la memoria de Rosa María Prol Cid

Introducción

No pasó desapercibido en su época Federico Rubio y Galí (1827-1902), [Imagen 1] ni tampoco en los años posteriores a su muerte; aún hoy día se rememora su figura con estudios y exposiciones. No pretendemos con las páginas que siguen trazar un nuevo panegírico de su vida y obra sobre la que existe amplia bibliografía, imposible de exponer aquí al completo, por lo que optamos por citar una selección de la misma (Gutiérrez, 1903; Ruiz-Lara, 1934, pp. 367-374; Álvarez-Sierra, 1947; Sánchez de la Cuesta, 1949; Bravo-Villasante, 1973; Orozco-Acuaviva, 1977; López-Piñero, 1983, pp. 269-273; Herrera-Rodríguez, 2002a y 2002b; Campos-Marín, 2003; Carrillo et al, 2002; Carrillo, 2003; Carrillo-Martos, s.f.; Porras-Gallo, 2003, pp. 269-286).

Federico Rubio y Galí, en torno al año 1900.

Es sabido que Federico Rubio fundó en 1880 el Instituto de Terapéutica Operatoria, en Madrid, y que años después, en 1896, inauguró una nueva etapa de su actividad quirúrgica y docente en el Instituto construido en la zona madrileña de la Moncloa, cuya primera piedra fue colocada el año anterior, siendo narrados los orígenes de esta fundación, con buen pulso narrativo y con conocimiento directo de los hechos por Ángel Pulido (1852-1932) (Pulido-Fernández, 1915; Porras-Gallo, 2003). En el seno de esta institución quirúrgica se fundó la Escuela de Enfermeras de Santa Isabel de Hungría, a la que hemos dedicado algunos trabajos (González-Iglesias y Herrera-Rodríguez, 2016; Herrera-Rodríguez, 2021), también debe señalarse que recientemente se ha estudiado la influencia de Florence Nightingale en el modelo de enfermería diseñado por Federico Rubio en dicha escuela (Santainés, 2019), debiéndose tener en cuenta también las aportaciones de otros estudios clásicos (Domínguez-Alcón, 1986, pp. 100-108).

A modo de ejemplo, podemos citar algunos homenajes que se le hicieron en vida o después de su fallecimiento, pero también algunas críticas por su actividad política o sobre sus creencias religiosas; puede venir bien resumir los pros y los contras sobre su figura para entender aspectos que vamos a tratar en este artículo y que concretaremos cuando apuntemos los objetivos que nos planteamos en el mismo.

Vemos que, en 1900, con motivo de cumplirse los 50 años de la reválida de la licenciatura en la Facultad de Medicina de Cádiz, la revista Anales Médicos Gaditanos dedicó un número monográfico a Federico Rubio, en el que se incluye la partida de bautismo, acta de examen en la Facultad de Medicina de Cádiz, escritos laudatorios de diversas personalidades médicas y conferencias clínicas del homenajeado.1 Con motivo de su fallecimiento la revista ilustrada Blanco y Negro publicó un reportaje periodístico, incluyendo fotografías.2 En 1912 fue Benito Pérez Galdós el que lo incluyó como personaje en su episodio nacional Cánovas (Pérez-Galdós, 1912, pp. 190-191).

En 1927, la revista La Medicina Íbera, en el número del 3 de septiembre de 1927, con motivo del centenario de su nacimiento, publicó un amplio reportaje sobre su figura titulado «Don Federico Rubio y Galí»;3 la misma revista, el 12 de noviembre del referido año, publicó otro artículo titulado «La conmemoración del centenario del Dr. Rubio».4 En el mismo año, Diario de Cádiz también se sumó a la conmemoración con diversos reportajes: el 30 de agosto, en la edición de la tarde, publicó un artículo de Rafael Barris Muñoz, sintetizando los hechos más notables de la vida del médico portuense.5 El día 31, este periódico publicó un tríptico de sonetos que según la crónica fueron leídos por el poeta Eusebio Cañas, los cuales llevan por título «El hombre», «El Genio» y el «Santo», en este último el poeta lo exalta como un santón laico («porque en su noble corazón latía/la caridad y la filantropía/supo ser Federico Rubio un Santo»).6 El 1 de septiembre de 1927, José Gómez Plana y Conte, también lo alabó en su artículo «Don Federico Rubio, como disector».7

Pero, como hemos apuntado, no todo fueron exaltaciones de su figura; en Cádiz, también con motivo del centenario de su nacimiento, El Observador8 [Imagen 2] publicó en la primera página un artículo, «El Centenario de don Federico Rubio», muy crítico con la figura de Rubio, merece la pena reproducir algunos de sus párrafos, ya que nos pueden servir para contextualizar la problemática del pulso mantenido por sectores laicos y sectores católicos en la España de las primeras décadas del siglo XX:

El Observador. Semanario Integrista Regional (Cádiz, 10 de septiembre de 1927)

«Ante hecho tan sonado, no podemos pasar en silencio nuestra actitud, ya que muchos católicos, y aun algún sacerdote tomaron parte en las fiestas dichas, que tuvieron por objeto enaltecer la memoria del reputado cirujano y proponerlo como modelo para que lo imitemos en sus diversas actuaciones, sin excluir la religión y la política.

En el exceso de fervor, propio de tales actos literarios, se le ha querido poco menos que canonizar; y a estas escandalosas inexactitudes históricas debemos responder desde nuestra modesta tribuna para que nuestros modestos lectores no se queden en el error ni en la confusión a que pudieran conducirle las personas de buen crédito que, mal aconsejadas, fueron parte para enaltecer un modelo».9

Uno de los aspectos críticos que subraya este semanario integrista es el discurso que Federico Rubio pronunció en las Constituyentes de 1869, «… está cuajado de calumnias, irreligión y antipatriotismo, como confirmatorio que es del cuadro revolucionario que describe el insigne Mateos Gago, con el nombre de "Revolución del asco", en la cual tan activa parte tomó don Federico».10 El autor de este artículo hace alusión a la extensa carta que el presbítero Francisco Mateos Gago dirigió a Federico Rubio, publicada en Sevilla (Mateos-Gago, 1869), que reprueba el referido discurso del cirujano portuense. En el artículo que glosamos hay otros aspectos muy críticos con su figura, por ejemplo:

«Pero don Federico Rubio fue, además, y principalmente, un político sectario de los más funestos que tuvo España; y en cuanto a su carácter religioso y político, no podemos contribuir a la exaltación de su buen recuerdo: roguemos a Dios por su alma, pero propongamos a los que ahora viven que detesten sus vituperables creencias religiosas y sus peores hechos».11

Destaquemos de este artículo el párrafo que más nos interesa para nuestro trabajo:

«El sectarismo de don Federico Rubio no fue transitorio y de "ocasión", como el de muchos "pancistas" que figuraron en las partidas liberales y aun en las filas republicanas, sino que en el "Instituto operatorio" que lleva su nombre no puso comunidad religiosa, antes al contrario, instituyo unas enfermeras "laicas" que, si no recordamos mal, llevan el nombre común de "Santa Isabel" para imitar en esto -pero en esta mera exterioridad solamente- a las Comunidades religiosas (…). De estas inconsecuencias está llena la actuación de todos los sectarios; y se nota en otros aspectos de la vida del señor Rubio, por ejemplo, en la devoción que tenía a la Virgen del Pilar, que, juzgada a la luz de sus creencias y prácticas religiosas, sabe más a fanatismo que a verdadera devoción, y que desde luego no es ello bastante como para proponer al señor Rubio como modelo de cristianos, cual se hizo en días pasados en el centenario de referencia».12

Curiosamente, como contraste, en Diario de Cádiz, de 31 de agosto de 1927,13 con motivo de la conmemoración del centenario al que hacemos referencia, y que tan duramente critica el citado semanario integrista regional, se hace alusión a que en un acto celebrado en El Puerto de Santa María, localidad natal de Federico Rubio, se resaltó que en los días de la Revolución de 1869 el cirujano portuense salvó a un verdugo que iba a ser ejecutado por «una masa enorme» en la sevillana plaza de San Francisco.

Tengamos en cuenta, para entender el enfrentamiento de sectores católicos con sectores laicos, lo que sucedía en España en las primeras décadas del siglo XX, queda bien resumido en el siguiente párrafo:

«En consonancia con los proyectos que defendió a principios de siglo, Canalejas llevó al Congreso en julio de 1910 un proyecto de ley que limitaba la creación de nuevas órdenes religiosas (…), en 1900 había en España 11.000 frailes, cinco veces más que en 1868, y 40.000 monjas, el doble que en la misma fecha. Parte del alza se debía a la entrada en España de religiosos franceses y portugueses, que huían de las políticas laicistas imperantes en sus respectivos países. El proyecto de Canalejas, conocido como Ley del Candado, agitó en la prensa y en la calle a los partidos y asociaciones vinculados a la Iglesia católica, que empezaban a comprender las ventajas de emplear las técnicas modernas de movilización que usaban partidos y asociaciones de masas. De hecho, esta fue la primera campaña en la que se implicó la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, fundada en1909 y dirigida por Ángel Herrera Oria. En el Congreso, carlistas e integristas trataron de obstruir el proyecto. Y el ala derecha del Partido Liberal también mostró sus reticencias: Canalejas logró el respaldo de su partido tras negociar con Montero Ríos la introducción de una cláusula que anulaba la Ley del Candado si en dos años no se aprobaba una nueva Ley de Asociaciones. Que nunca se aprobó, de modo que nada cambió» (Martorell, 2016, p. 206).

Recuérdese, que se ha señalado que Canalejas intentó frenar la invasión de las órdenes religiosas por medio de la citada ley «del Candado», y que en su programa político se podía percibir la continuación de una tradición anticlerical y de fomento de la educación pública, «trufada de nuevo liberalismo social», que no era incompatible con la represión de movilizaciones obreras, «que adquirían ahora mayor dimensión con la convocatoria de huelgas generales» (Juliá, 2008, p. 482).

Por todo lo expuesto, el objetivo principal del presente artículo es ofrecer información, fundamentalmente tomada de la prensa de la época, que permita acercarnos al intenso conflicto que se vivió en el seno del Instituto Rubio el año 1912, al plantearse la sustitución de las enfermeras internas (alumnas internas) por las Hijas de la Caridad. El segundo objetivo que nos planteamos es la defensa del Instituto Rubio y sus Estatutos realizada por la hija del cirujano portuense, Sol Rubio y Chacón, en un libro que publicó sobre este asunto en el año 1916.

Las Cartas del Dr. Rubio y Galí a las Curadoras del Instituto de Terapéutica Operatoria (mayo de 1897)

Las vicisitudes del Instituto de Terapéutica Operatoria han sido apuntadas por diversos autores (Arniz-Sanz, 1994; Palma-Rodríguez y Palma-Carazo, 2002; Porras-Gallo, 2003), aunque la lectura de los escritos de Ángel Pulido Fernández, en Mi aportación al Instituto Rubio (cartas circunstanciales), ofrece una visión muy interesante de los objetivos, las ambiciones y los problemas de Federico Rubio, tanto en la primera etapa de la institución en 1880, como en la segunda a partir de 1896, ya ubicado el Instituto en la zona de Moncloa (Pulido-Fernández, 1915). La prensa ofreció información sobre la colocación de la primera piedra del Instituto, en los terrenos para la ubicación y las donaciones.14 No entramos en la descripción de estos aspectos, ya que pueden ser consultados en la bibliografía señalada, para centrarnos en una cuestión que creemos más importante en lo que se refiere a los objetivos de nuestro trabajo; concretamente en las funciones que desempeñaban las Señoras Curadoras en el seno del Instituto de Terapéutica Operatoria; sobre todo teniendo en cuenta que Federico Rubio escribió dos cartas en mayo de 1897, en las cuales trataba de aclarar cuáles eran las tareas que debían desempeñar, cartas que por cierto tuvieron una edición en el año 1916, edición que precisamente es la que vamos a utilizar aquí (Rubio-Galí, 1916; Herrera-Rodríguez, 2002b).

Es importante exponer el papel atribuido por el fundador a las Señoras Curadoras, ya que, en 1912, diez años después del fallecimiento de Rubio, algunas de ellas intentaron que fueran sustituidas las enfermeras internas (alumnas) del Instituto por Hijas de la Caridad, episodio que comentaremos en otro apartado de este artículo. Veamos, pues, el contenido de estas cartas, [Imagen 3] que también fueron publicadas en la prensa.15

Cartas de don Federico Rubio a las Señoras Curadoras, escritas en 1897 (edición de 1916)

La primera carta escrita por Federico Rubio a las Señoras Curadoras del Instituto de Terapéutica Operatoria está fechada el 10 de mayo de 1897, y está dirigida a la Sra. Doña Isabel Ros de Olano de Page, con este escrito trata de dar respuesta a una pregunta de la joven Antoñita Franco (futura marquesa de Larios), y que no es otra que «cuáles eran los deberes de su cargo»; o sea, del cargo de «curadora» del Instituto. Federico Rubio prefiere redactar estas cartas a decirlas de viva voz en una reunión, porque «las palabras se las lleva el viento», y así por escrito puede servir de «Instrucciones o Guía para el cargo de señoras curadoras», que con el tiempo podría ser una «Asociación Particular Benéfica», adaptada a las condiciones y adelantos de cada época (Rubio-Galí, 1916, pp. 5-6). En esencia lo que pretende Rubio con este «cargo» es mejorar lo que existe con el nombre de «Visitadoras, Juntas de Señoras, Patronas» de una u otra institución, por eso «las Señoras Curadoras han de ser unas Visitadoras y Patronas perfeccionadas con algo más» (Rubio-Galí, 1916, p. 6). Y, según Federico Rubio, en primera instancia qué es lo que tienen que hacer:

«Lo que tienen que hacer, en primer término, es parecer que no hacen nada. Visitar sencillamente a los enfermos, consolarlos y confortarlos. Animar a las enfermeras para que lleven con paciencia sus trabajos. Levantar el espíritu de todos, dignificando la humildad con el ejemplo de un trato sencillo y serio. Informarse del estado y orden de los servicios; y, una vez bien enteradas por sí mismas, ver si está y marcha todo conforme con lo que disponen los Estatutos, Reglamentos e Instrucciones, impresas o manuscritas, tanto para las enfermerías como para las enfermeras, para los enfermos, dependencias, etc. En segundo lugar, cuidarse de no dar oído a cuentos ni quejas, poniendo a ellos cara seria para cortar el funes to vicio de los chismes que son la cizaña de las casas donde viven muchas personas juntas» (Rubio-Galí, 1916, pp. 7-8).

Lo que no deben hacer, pues, es convertirse en «buzones de chismes y en mantenedoras y sostenedoras de mala gente», y lo que deben hacer es difundir «como incienso el espíritu del amor de Dios sobre los que padecen» (Rubio-Galí, 1916, p. 9). En lo que se refiere a cuestiones de comunidad señala que el Instituto debe regirse por el «régimen de familia», una «familia de enfermos», cuidados y asistidos y atendidos por una «familia de sanos de corazón, a cuya cabeza están las Señoras Curadoras, y seguidamente, las Alumnas Enfermeras, los Médicos y dependientes, cada cual en su lugar» (Rubio-Galí, 1916, pp. 11-12).

Y en lo que se refiere a aspectos prácticos señala:

«…cuidarán de enterarse de las necesidades del Hospital: si tiene ropas suficientes, si están en buen estado, si necesitan reposición; excitando la caridad de los Protectores, de sus conocimientos y relaciones para que las ayuden a cubrir las necesidades (…). Igual cuidado deben consagrar a la cocina y lavaderos…» (Rubio-Galí, 1916, pp. 10-11).

Federico Rubio, en esta primera carta, matiza que la Junta Protectora la componen los protectores y que estos son todas las personas, de uno u otro sexo, que se hayan suscrito o favorecido la construcción del hospital, hayan dotado camas o donado útiles, efectos o mobiliario (Rubio-Galí, 1916, p. 10). En lo referido a los enfermos y las enfermeras Rubio señala lo siguiente a las Señoras Curadoras:

«Ellas tienen que enseñar con el ejemplo a enfermos y enfermeras. Los primeros, por lo general mal educados, obligan a emplear con ellos mucha caridad y paciencia. Las segundas, no penetradas todavía de la alteza de sus cargos, exigen que poco a poco se les vaya haciendo comprender que su posición les obliga, ya que las iguala a médicos, abogados y sacerdotes, a la misma respetabilidad de su conducta y porte» (Rubio-Galí, 1916, p. 12).

El cirujano portuense escribe en esta primera carta que un hospital sin religión «es fuente seca delante de sediento», por esto:

«… siendo la inmensa mayoría de los españoles católicos apostólicos romanos, a las Señoras Curadoras queda principalmente encomendada la vigilancia de tan importante servicio; teniendo siempre presente que nada hay más respetable que la conciencia, y que si, por católicos los enfermos que asila el hospital, católicas han de ser sus prácticas y la unidad de su espíritu, no por eso, si acudiese enfermo un mahometano, protestante o judío, se ha de molestarle con solicitudes, ni menos violentar sus creencias» (Rubio-Galí, 1916, pp. 13-14).

Deben, pues, despertar las conciencias dormidas, avivar la fe y la esperanza por medio de la caridad, «pero sin coerción, ni amenazas, ni promesas, ni dádivas, ni preferencias», siendo siempre el preferido en el hospital el más grave y desamparado, «y si se le concede alguna atención mayor a alguno, que sea al más necesitado» (Rubio-Galí, 1916, pp. 14-15). En el hospital, pues, las Señoras Curadoras, tienen ocasión de ejercer muchas «obras de misericordia» (Rubio-Galí, 1916, p. 16). Pero además la «curadora» debe aprender las nociones de Higiene,

«… indispensables para toda persona culta y cuanto esta ciencia ha llevado al terreno práctico y utilitario en sus muchas aplicaciones de Higiene personal e Higiene doméstica, colocándose así en aptitud de ser la tutelar y veladora de la salud suya, de sus hijos y familia» (Rubio-Galí, 1916, p. 18).

En definitiva, el mensaje de Rubio, además de todo lo dicho, gira en torno a un tema que como es sabido le preocupaba, la educación (Bravo-Villasante, 1973) que explica de este modo en su carta a las «curadoras»:

«…si en vez de reducirse a una instrucción más o menos sólida, y a ciertos modales, se ocupara, por medio de prácticas, en cultivar la paciencia, en dominar los propios impulsos, en consultar con la razón tranquila la conducta que debemos seguir, en estudiar los varios tipos de caracteres, observar sus resortes y los medios de llevarlos hacia la razón y el bien sin violencias ni luchas, o, al menos, de la mejor manera posible» (Rubio-Galí, 1916, p. 19).

Recomienda Rubio, al final de esta primera carta, que las citadas señoras no deben olvidar el magisterio de la Economía doméstica (Rubio-Galí, 1916, p. 20).

La segunda carta de Federico Rubio a las Señoras Curadoras del Instituto de Terapéutica Operatoria, data del 26 de mayo de 1897, en esta se hacen varias referencias de carácter reglamentario, con aseveraciones de carácter legal, apoyándose en el Reglamento orgánico, aprobado por el Gobernador Civil de la Provincia el 9 de abril de 1896, constituyendo el Estatuto de la Institución Quirúrgica de Terapéutica Operatoria (Rubio-Galí, 1916, p. 29).

Comienza la carta haciendo referencia a los artículos 23, 25 y 26 de los Estatutos sobre las dotaciones de camas. En esta carta se matiza «que los dotales» serán los «donados» o «legados», que invertidos en títulos de la Deuda perpetua interior del 4 por 100, se consignen en el Banco de España por las personas benéficas, carácter de intransferibles y con cláusula de no poder disponer de ellos ni las «Juntas» ni el «Director», en ningún tiempo ni con ningún motivo, sino tan solo de rentas de sus cupones, para atender con ellas a los gastos del hospital, reservándose el donante, caso de disolución del Instituto, el derecho de retirar el capital impuesto, por si o por sus legítimos derecho habientes (Rubio-Galí, 1916, pp. 21-22).

El artículo 26 señala que la dotación de cada cama se fija en el capital efectivo necesario para producir una renta líquida anual de quinientas pesetas, cuya renta sólo basta para la alimentación del enfermo, «la Junta Administradora, conocido el déficit que deba resultar trimestralmente, recurrirá a la Junta de Protectores para que ésta arbitre los recursos necesarios para cubrir el resto de las atenciones» (Rubio-Galí, 1916, p. 23).

Es muy interesante que Rubio haga hincapié en el tema de la malversación:

«Constituyen un caudal fraccionado, y cada fracción permanece en las propias manos de los donantes o causahabientes: así nadie puede malversarla ni hacerla desaparecer. No queda expuesta a disolverse por una u otra causa, como sucedió con la suma de caudales donados a Instituciones análogas; porque las arcas quedan vacías a los estímulos de la codicia» (Rubio-Galí, 1916, p. 24).

La aspiración es, pues, vivir de la «renta de sus camas; reforzada con módicas limosnas, que sólo han de venir de los copropietarios Protectores» (Rubio-Galí, 1916, p. 25). Así se evita, según Federico Rubio, «la necesidad de importunar a extraños, hacer cuestaciones, petitorios y otros arbitrios al uso, imposibles de fiscalizar y ocasionados a abusos» (Rubio-Galí, 1916, pp. 26-27).

A finales del año 1899 un periodista acudió al Instituto Rubio, con motivo de la inauguración de la capilla del hospital, casa…

«… situada en un cerrillo de la Moncloa, visible ya desde el tranvía de Pozas antes de llegar á la Cárcel Modelo, su aspecto exterior predispone favorablemente, por la ventajosa situación higiénica de aquel grupo de blancos edificios. Hallamos en el distinguido médico de guardia y jefe del laboratorio, doctor Figueroa, un amable guía a través de los apartamentos, explicándonos la organización de los servicios y dándonos cuantos antecedentes le pedimos respecto á las tareas de la fundación, necesidades actuales de la misma y arbitrios con que cuenta para realizarlas».16

Prosigue la descripción:

«Hermosísimas enfermerías, con artísticos altares en el centro, en las cuales nada ofende á la vista ni al olfato, nada repugna ni repele á las personas más delicadas; por no oler, ni aun á yodoformo y ácido fénico huele allí (…). Los dispensarios forman un conjunto de consultas públicas gratuitas (como todos los servicios en el Instituto se prestan), desempeñadas por numerosos profesores, entre quienes se cuentan, además de don Federico Rubio -que asiste los jueves-, cirujanos de tan justa fama como los Sres. Cervera, Gutiérrez, Uruñuela, Buisen, Martínez Ángel, González Bravo, Abascal, Moliner, Castillo y otros muchos, igualmente notables, de los cuales omitimos el nombre porque el profesorado consta de más de cien médicos u asisten a diario más de la mitad».17

El cronista señala que:

«… sus 48 camas son ocupadas al año por más de 300 enfermos de cirugía, que causan unas 13.000 estancias. En las consultas de sus dispensarios son tratados anualmente unos 10.000 enfermos, a quienes se les prestan más de 80.000 asistencias (operaciones, curas, tratamientos eléctricos, ortopédicos, gimnásticos, farmacológicos, etc.). Las cifras que damos son un promedio redondeado de las registradas en los diversos libros al efecto. Los enfermos más graves y más pobres son operados por médicos de nombre y posición ya hechos, en quienes no cabe duda de que ejercen una caridad y una ciencia inestimables. También sirven por caridad, y á cambio de la enseñanza, las enfermeras católicas, puestas bajo la advocación y el patronato de Santa Isabel de Hungría. En igual caso está el pabellón interno, destinado á decir la Misa y á administrar los Sacramentos».18

El cronista insiste en que el Instituto no es propiedad de su fundador y director, Federico Rubio, éste es sólo uno de los copropietarios:

«Los propietarios son todos los protectores, y éstos son todas cuantas personas contribuyan al sostenimiento del Hospital con 25 pesetas en adelante, aunque no vuelvan á dar nada más (…). El Instituto sólo cobra y gasta la renta; el capital es de sus dueños y causahabientes en el caso previsto de disolución del Instituto».19

Algún detalle más:

«Las camas dotadas tienen á su cabecera unas placas niqueladas, con la inscripción que dicte el respectivo bienhechor que toma para siempre á su cargo las estancias que en aquéllas hagan los infelices que las ocupen. Hemos visto dotadas las cinco del pabellón de infecciosos, por D. Antonio Garay y Vitórica, Dª. Catalina de Urquijo, D. F.R.G. (dos camas), Dª. Amalia Fonseca. En la enfermería de mujeres lo están ocho, por Dª. Sol Rubio, los duques de la Victoria, Dª. María Zozaya de Benjumea, testamentario de Dª. Isabel Gámez (D. Rafael Ramírez Castañeda), Dª. Catalina de Urquijo, marquesa de Perinat é hijos, testamentarios de Dª. Crispina Genü y Dª. Pilar Garay y Vitórica. En la enfermería de hombres están dotadas otras ocho camas, por S.M. la Reina Regente y los señores marqueses de Casa-Pavón, marquesa viuda é hijos del Pazo de la Merced, marquesa viuda de Casa de López, anónimo (Dª Luisa Sola), marqueses de Linares, á la memoria de Dª. María Díaz, y marquesa de Perinat (…). Resumiendo: de 53 camas, tienen dotación 21 y carecen aún de ella 32. ¿Por qué? Indudablemente porque las personas piadosas y ricas lo ignoraban, á causa de que el Instituto no pregona el bien que hace ni las necesidades que tiene».20

En 1904, coincidiendo con la inauguración en el Instituto Rubio del curso 1904-1905, en la prensa se elogia a las Señoras Curadoras del Instituto, señalando que «son varias aristocráticas damas de grandes virtudes», que llevan la dirección religiosa, moral y social de enfermeras y enfermos.21 Si esto era así, ¿por qué se plantearon en 1912 cambios tan radicales en la concepción del Instituto y en la voluntad de su fundador con respecto a las enfermeras internas?

El conflicto sobre la sustitución de las enfermeras internas del Instituto Rubio por las Hijas de la Caridad<xref ref-type="fn" rid="fn23">22</xref> (1912)

El apartado anterior, parcialmente dedicado, a las Señoras Curadoras del Instituto de Terapéutica Operatoria, posteriormente denominado Instituto Rubio, es importante para entender la controversia que ocasionó el intento de sustituir a las enfermeras internas por las Hijas de la Caridad, ya que algunas de estas señoras promovieron esta propuesta, asunto sobre el que se ha hecho poco hincapié y que consideramos importante para el entendimiento de la Enfermería española en las primeras décadas del siglo XX.

¿Cuáles fueron los motivos que llevaron a algunas «curadoras» del Instituto a plantear este cambio radical en la asistencia a los enfermos? Cambio que, no lo olvidemos, contravenía la voluntad del fundador, Federico Rubio, que consideraba la Escuela de Enfermeras de Santa Isabel de Hungría, un pilar muy importante del Instituto de Terapéutica Operatoria, [Imagen 4] y que además señaló la adscripción católica de la misma (González-Iglesias y Herrera-Rodríguez, 2016; Herrera-Rodríguez, 2021).

Sala de Enfermos (Instituto Rubio)

Es difícil contestar a esta pregunta de forma categórica, pero no se debe olvidar el contexto sociopolítico que hemos expuesto anteriormente, de pugna entre sectores laicos y sectores católicos, ambiente que quizás radicalizó la acción política de algunas señoras curadoras del Instituto Rubio, que tomaron partido por las Hijas de la Caridad con vistas a sustituir a las enfermeras internas; todo esto sin olvidarnos de que en 1911, año especialmente conflictivo en que se produjo una huelga general (Martorell, 2016, p. 206), y en el que también hubo una huelga de las enfermeras internas en el seno del Instituto Rubio, en la que llegaron a abandonar el centro (González-Iglesias y Herrera-Rodríguez, 2016). Probablemente, todo lo apuntado ayudó a caldear la situación, y algún reflejo de todo ello hemos encontrado en la prensa en los años anteriores a este conflicto. Veamos.

Ya a principio de siglo, en el año 1900, la prensa señaló que Federico Rubio había sido siempre republicano y «enemigo de los neos»23 (refiriéndose a los neocatólicos). Y más concretamente sobre el tema que nos preocupa en este artículo se señala lo siguiente:

«Su aversión a las hermanas de la Caridad es bien conocida y la ha expresado con persuasiva elocuencia en su artículo Almas secas probando que esas mujeres al parecer ó de hecho entregadas a la oración, carecen de sentimientos humanitarios y no sirven para llenar el cometido que se les confía».24

Continúa el cronista apuntando que por este motivo el Dr. Rubio en el Instituto que dirige ha creado «un cuerpo de enfermeras seglares inteligentísimas, que exceden cien codos en aptitud, humanidad, honradez y éxito práctico a las hermanas».25

En este mismo año, 1900, en el mes de septiembre, Federico Rubio publicó en la Revista Ibero-Americana de Ciencias Médicas un artículo titulado «Don Antonio Salado ha fallecido».26 Salado era médico y profesor de Anatomía, y ejercía en un hospital sevillano, en el que coincidió con una hermana de la Caridad que:

«… no sin motivo gozaba autoridad (…). Austeridad de costumbres, dotes de mando, activa, constante en labores y propósitos, severa para los subordinados, modosa, complacedora é insinuante con las personas superiores en poder ó riqueza; procurando cubrir con su propia capacidad las escaseces de presupuestos y las perentoriedades de la necesidad. Tantas y tales condiciones, unidas al respeto de su estado, la rodeaban de un prestigio y un poder incontrastable el hospital y fuera de él».

Pero, Federico Rubio, en este artículo, después de señalar estas virtudes, apunta los motivos por los que el profesor Salado vivía «contrariado y violento con señora de tanta estimación», sobre esta cuestión escribe:

«Pues primeramente, porque las iniciativas de la Hermana le llevaban á invadir atribuciones que no le pertenecían (…). Corregía y castigaba con dieta y otros modos á los enfermos de las salas, por su propia autoridad, desconociendo, contrariando y anulando la del Profesor (…). Mudaba ó dejaba de mudar las ropas, aunque las órdenes del médico fuesen opuestas. Acostumbraba á ser la suprema imperante en la administración y en la parte económica, lo quería ser también en la higiénica y facultativa (…). Por estimables que fueran las cualidades de la Superiora, su ignorancia de la ciencia era absoluta, y á cada paso sufría Salado un nuevo disgusto (…). Los enfermos venéreos, y principalmente las enfermas, eran objeto de su desamor y de su enojo. Para ellos, no sólo carecía de caridad, sino que se complacía en maltratarlos».

Esto fue lo que escribió Rubio en el año 1900, lo que nos hace pensar que el cirujano portuense no era muy partidario de trabajar con monjas enfermeras; curiosamente, en 1912, año en el que como veremos tuvieron lugar los conflictos por el intento de sustituir a las enfermeras internas del Instituto Rubio por las Hermanas de la Caridad, en la prensa se volvió a significar este artículo de Federico Rubio sobre Antonio Salado y la referida superiora; es decir, doce años después.27

También se debe apuntar que, en estas fechas, se encuentran en la prensa artículos que preconizan la sustitución de las Hijas de la Caridad por enfermeras laicas. Así vemos que, en junio de 1912, la «Liga anticlerical española», señala que hay informes que «defienden valerosamente a las Hermanas, pero otros consignan hechos y razones para aconsejar su sustitución por administradores y enfermeros, y por las enfermeras de la Fundación Rubio».28 O de forma más radical se consignó en la prensa que «confiar los bienes á gente beata, es entregarlos á la rapacidad. Fiar los enfermos á monjas es lanzarlos al abandono y al cuidado de imbéciles entercados».29

Un ejemplo más, aunque en este caso data de 1898, y lo sacamos del artículo «Ángeles de blancas tocas» firmado por Vicente Blasco Ibáñez:

«Pues igual discurren los que al ser censuradas las hermanas de la Caridad por abusos y usurpación de atribuciones en los establecimientos benéficos, se sueltan por la cuerda romántica, recordando lo que algunas de aquellas han podido hacer en determinados momentos de peligro (…); y cuando todo se analiza y se cuestiona, ¿han de quedar inmunes, fuera de todo análisis, sagradas é intocables como la divinidad, unas monjas que realmente no son más que unas pobres mujeres tan faltas de cultura, tan expuestas á errores y á supersticiones y tan amigas de las comodidades como las demás?».30

La defensa de Sol Rubio Chacón y del Conde de San Diego de las enfermeras internas del Instituto Rubio (1912)

En el año 1912, en la prensa española, aparecen con cierta frecuencia noticias sobre el conflicto del intento de sustitución de las enfermeras internas por las Hijas de la Caridad. Así vemos que el 9 de junio del referido año se llevó a cabo la reunión en la que se dio lectura a una proposición, «firmada por varios individuos del Patronato, en la que se pedía que se suprimieran las enfermeras internas, y fueran sustituidas por un número determinado de Hijas de la Caridad», de igual forma también se leyeron cartas en las que se manifestaba el desacuerdo con esta propuesta. En esta reunión, el doctor Eugenio Gutiérrez y González (Conde de San Diego) (1851-1914), [Imagen 5] director facultativo del Instituto, se mostró contrario a la proposición presentada y defendió al cuerpo de enfermeras, señalando que al fundar esta institución enfermera bajo la advocación de Santa Isabel de Hungría, Federico Rubio la consideró aneja al Instituto.31

Eugenio Gutiérrez y González, primer Conde de San Diego (1851-1914)

En esta reunión, Sol Rubio y Chacón (1853-1920), hija del cirujano portuense y de su primera esposa, Paz Chacón Santervas,32 leyó unas «sentidas cuartillas, pidiendo que no há lugar á deliberar». [Imagen 6] Se votó esta propuesta y quedó aprobada. Es significativo que en esta reunión dimitieron con carácter irrevocable doña Catalina de Urquijo «y varias señoras de la Junta».33

Sol Rubio y Chacón

En los días sucesivos, la prensa siguió informando sobre esta controversia,34 matizándose que la propuesta, firmada por doña Catalina de Urquijo de Oriol, doña Pilar Garay de la Mora, don Lucas de Urquijo, la presidenta de las Señoras Curadoras, marquesa de Larios, «y gran número de protectores no médicos», solicitaba una modificación en el reglamento de enfermeras en el sentido de…

«… que fueran suprimidas las enfermeras internas, quedando todas como externas, y que se admitiera para el servicio del régimen interior del Hospital un número limitado de religiosas. No se trataba, pues de que la Junta optara por enfermeras ó religiosas, sino sencillamente de combinar estos dos organismos».35

Se alude a «un desagradable incidente surgido en esta reunión», que llevó a la dimisión de la presidenta de la Junta de protectores, de la vicepresidenta, del presidente de la Comisión ejecutiva, de la presidenta las Señoras Curadoras y de toda su junta. La reunión terminó con la aprobación, por unanimidad de los votos de las personas que quedaban en la junta, de la propuesta de la hija del fundador doña Sol Rubio y Chacón.36

En la citada reunión, el conde de San Diego se opuso a la petición con el siguiente discurso, transcrito en El Liberal del 10 de junio:

«Desempeñan las enfermeras dos gestiones: una, de beneficencia; otra, de economía doméstica. Durante el año actual no se ha elevado la menor queja por parte de los profesores, sobre la gestión de las enfermeras al lado de los pacientes; sobre ellas pesa en el día más trabajo que nunca, y lo soportan con verdadera abnegación. ¿Acaso las censuras nacen de que se considera inferior su nivel moral al de las Hermanas de la Caridad? Pues esto se remedia fácilmente. La Junta de Damas Curadoras puede nombrar una directora retribuida y un capellán, que las eduque y las coloque en idéntica situación que á las Hijas de San Vicente de Paúl. No rechazamos á las Hermanas de la Caridad por cuestión de creencias. Aquí hay libertad para todas ellas; el enfermo que pide los auxilios católicos los recibe del capellán del establecimiento (…). No admitimos la sustitución, porque ello sería faltar á uno de los primordiales pensamientos que se inspiró el doctor Rubio al crear la institución. Quiso el fundador dar el internado á las mujeres españolas, para que aprendiesen el difícil arte de curar enfermos y se ganasen honradamente la vida (…). Nació la Escuela de enfermeras al propio tiempo que el Instituto, y destruirla hoy, sería faltar al deseo del fundador. Económicamente, la sustitución de enfermeras con monjas nos llevaría á un pleito fatal para nuestra casa. Existen legados importantísimos, que se nos retirarían si vulnerásemos los estatutos».37

Sol Rubio, la hija del fundador, leyó una Memoria en la que se negaba las atribuciones de la Junta de Protectores para modificar los Estatutos. En El Liberal del 10 de junio se transcribe el último párrafo de ese texto:

«Confío en el recto criterio de la inmensa mayoría y aun de la totalidad de los Protectores presentes y ausentes. Confío en que cada cual en su puesto, director, profesores y curadoras, lejos de ceder el campo a extraños, defenderán en todos los terrenos legales, dentro y fuera del Instituto, sin dimitir ni achicarse por poderosos que sean quienes en él quisieran introducirse, sin respetar la obra de caridad y sabiduría de mi padre, de gloriosa memoria. Protesto de este acto, por injustificable. Mi proposición única en esta Junta extraordinaria y en cuantas pudieran celebrarse con idéntico objeto contrario á la fundación y al fundador, es el siguiente: No ha lugar á deliberar, por imposibilidad moral. No ha lugar a deliberar, por imposibilidad legal. Fuera de esta decisión solemne, no cabe votar nada que desnaturalice la cristiana y científica obra de D. Federico Rubio, fundador de este Instituto de Beneficencia particular, puesto al amparo del Patronato del Gobierno. Reitero mis respetos á la Junta general de Protectores, de la cual tengo el honor de formar parte».38

Después de su intervención todavía tomaría la palabra D. César de la Mora, político conservador (maurista), quien había intervenido previamente y que mantuvo el criterio de las «Damas Curadoras», añadiendo:

«Tened presente que al Instituto no le conviene en manera alguna ponerse á mal con determinadas clases sociales que prestan su apoyo, y que, por desgracia, desde hace tiempo se siente en esas esferas contra el Instituto una prevención que ahora sería mayor y de peores consecuencias».39

En El Liberal se añade que «las damas beligerantes no esperaron á más" y "en número de cincuenta, por boca de su presidenta, presentaron la dimisión».40

Las personas que dimitieron en esta reunión fueron numerosas. El Imparcial del 11 de junio de 1912 (pág. 2) publica sus nombres y/o títulos nobiliarios; entre los dimisionarios consta el pediatra Manuel Tolosa Latour (1857-1919). El País le critica en su crónica: «…El único médico que firmó y que se va es el laureado, bombeado y condecorado doctor D. Manuel Tolosa Latour, ilustre protector de la Infancia… que no necesita operaciones quirúrgicas».41 [Imagen 7] Nos preguntamos si el motivo por el que presentó su dimisión el insigne pediatra, amigo de Benito Pérez Galdós, fue porque tuvo una experiencia positiva con las monjas que trabajaron con él en el Sanatorio de Santa Clara de Chipiona (Cádiz), con los niños que padecían escrófulas, raquitismo y otras enfermedades; en este sentido se ha señalado que Tolosa Latour trabajó con las Hermanas de la Orden de la Caridad de San Vicente de Paúl (Rodríguez-Pérez, 2001, p. 81).

Manuel Tolosa Latour (1857-1919)

Quizás todo lo que se planteó en estas fechas fue incómodo para el pediatra madrileño, y de todo esto se puede derivar una línea de trabajo que en el futuro aclare que similitudes, diferencias y conflictos podían existir entre el proyecto de Federico Rubio y el de Manuel Tolosa Latour. ¿Estaban tan distantes el proyecto de Federico Rubio y el de Manuel Tolosa Latour? ¿Eran incompatibles? ¿Lo que planteaba Sol Rubio y Chacón y Eugenio Gutiérrez, era incompatible con lo que llevó a cabo Manuel Tolosa Latour? ¿No podían convivir los dos planteamientos? ¿La supervivencia de los dos proyectos dependía de las subvenciones económicas? ¿Había tendencias políticas que impedían la convivencia de los dos proyectos? Habrá que seguir indagando.

El País también incluía ese mismo día, y en la misma página, otro artículo, una encendida loa a Sol Rubio por su intervención en la citada reunión y una implacable crítica a las y los promotores de la propuesta de sustitución de las alumnas internas por hijas de la caridad. El artículo lleva por título: «La invasión clerical. El "non possumus" de doña Sol».

El periódico El Liberal del día 11, se hace eco de otras cuestiones detalladas en la memoria presentada por Sol Rubio y Chacón, además de la citada propuesta. Por ejemplo:

«El fundador del Instituto, mi muy amado padre (q.e.p.d.), lo determinó bien claro de una manera categórica y de una vez para siempre; (…). La asistencia médico-quirúrgica a los enfermos la presta gratuitamente el profesorado (…), la asistencia auxiliar manual la presta la escuela de enfermeras, creada por don Federico Rubio como parte fundamental del Instituto, y también gratuitamente (…), la asistencia religiosa la presta un señor capellán, autorizado por el ilustrísimo señor obispo de la diócesis, con capilla (donde yace el fundador) y altares consagrados en ambas enfermerías (…), la asistencia administrativa la presta la Junta administrativa para determinar y distribuir los gastos necesarios (…). Lo contrario es desnaturalizar la institución, matar su autonomía respecto de otras, destruirla de raíz, disponer gravemente en contra de la voluntad del fundador, entregar su obra más científica y cristiana á personas individuales o colectivas extrañas á la fundación. Es también aniquilar á los dieciséis años de existencia, una obra generosa, humanitaria y patriótica á la vez, para la enseñanza práctica moderna de la mujer española que necesita y que quiere vivir de honrado trabajo, con beneficio de los enfermos y de sus familias (…). Hay, además, otro hecho, muy digno de tenerse en cuenta, y que muchos acaso desconozcan. A la Escuela de enfermeras le debe la Junta general de Protectores unos cuantos miles de pesetas, como bases de su Montepío, donadas por mi padre al liquidar las cantidades reintegrables que adelantó sobre la suscripción pública permanente (…)».42

Por esos días Sol Rubio también polemizó con el escritor Jacinto Benavente Martínez (1866-1954), por un artículo que este publicó en su sección «De sobremesa» en El Imparcial, el lunes 17 de junio, en el que dedica unas líneas a la citada reunión en el Instituto Rubio.43 [Imagen 8] Se trasluce que Benavente no estuvo en la reunión y Sol Rubio le reprocha sus inexactitudes a la hora de comentar y opinar sobre lo allí acontecido. Lo hace a través de una carta publicada en el mismo diario al día siguiente. Sol Rubio recrimina al escritor:

Jacinto Benavente Martínez (1866-1954)

«La gallarda pluma de usted, tan respetable y respetada, ha incurrido contra su voluntad, en errores de hecho que importa mucho rectificar, como con mi humilde firma lo hago.

Primero. Las enfermeras de la Escuela de Santa Isabel de Hungría, creadas para un fin puramente técnico de auxilio manual en la asistencia médico-quirúrgica, sólo son laicas en el estricto sentido de no formar una Orden religiosa; pero son "católicas por voluntad del fundador" y según los reglamentos fundaciones é instrucciones escritas é impresas por mi padre inolvidable.

Segundo. Lo declarado y aprobado en la ya famosa junta general es que en el Instituto Rubio las enfermeras son incompatibles, fundacionalmente, con toda otra institución, extraña, la cual en ninguna forma puede tener allí legalmente acceso, ni para reemplazar á las enfermeras, ni para convivir con ellas bajos ningún pretexto; y

Tercero. Lo mismo el reemplazo de las enfermeras en el Instituto que la coexistencia en él de éstas y de personas de una Orden monacal, fueron dos propuestas sucesivas de los atacantes de la voluntad del fundador, y no de quienes defienden el cumplimiento absoluto de ésta, con sujeción á las leyes y á la equidad».44

Jacinto Benavente contestó, días después, a Sol Rubio:

«Lo de menos, eran los hechos en mis apreciaciones. Pero, en fin, conste que los cumplidores de la voluntad del doctor Rubio no podían admitir la asistencia de hermanas de la Caridad, por oponerse á ello la voluntad del fundador. Fueron, pues, las damas del Patronato las que propusieron la asistencia mixta de hermanas y de enfermeras (…). Lo importante era consignar que bien estaban unas y otras, como todas cumplieran con su deber. Al decir laicas á las enfermeras, sólo quise significar el no hallarse sujetas á la regla de una Hermandad religiosa, sin poner en duda su catolicismo. Por más que yo nunca haya creído que la caridad y, sobre todo, el cumplimiento del deber sean patrimonio de una religión determinada. Sin desconocer tampoco que en nuestra santa religión católica resplandecen como en ninguna otra las más altas virtudes. ¿Estamos todos contentos?».45

Como vemos, en el mes de junio de 1912 se llenó la prensa de polémica en torno al tema que nos ocupa, incluso se relaciona con los «sucesos que estos días se vienen desarrollando en el Parlamento, con la titánica lucha entre el progreso y el oscurantismo…». Se señala también que «unas cuantas damas aristocráticas» intentan destruir la obra de Federico Rubio, y se relaciona además a «un yerno del Sr. Maura, D. César de la Mora, quien llegó á amenazar con el boicotaje a la fundación y á los ilustres doctores que continúan la obra plausible del doctor Rubio».46

El periódico El Nuevo Régimen apuntó que no es cosa nueva el intento de sustituir a las enfermeras laicas por las religiosas:

«… surgió á poco de morir el fundador; por fortuna se supo hasta ahora contener la ola negra; parece que en la ocasión presente estaba todo preparado para dar el golpe decisivo. Gracias á la oportuna intervención y la enérgica protesta de doña Sol Rubio, hija del maestro de buen número de los cirujanos de nuestros días, ha sufrido nuevo aplazamiento la intentona…».47

Relacionamos tres hechos, posteriores a esta crisis de junio de 1912, con la búsqueda de la consolidación de las enfermeras internas de la Escuela de Santa Isabel de Hungría: el primero, es que en septiembre del referido año la prensa publica que queda abierta la matrícula, anunciando que el curso comenzará el 1 de octubre, que se cursarán durante tres años, «tanto interna como externa».48 No se olvide que Mercedes B. Benavente, en el Tercer Congreso Español de la Tuberculosis, celebrado en San Sebastián, en 1912, reivindicó la creación del título de «enfermera especialista» (Herrera-Rodríguez, 2010; González-Iglesias y Herrera Rodríguez, 2016). Otro hecho que consideramos de interés es la creación en 1913 de la Asociación de Enfermeras Españolas «María Cristina», para agrupar a las enfermeras formadas en la Escuela de Santa Isabel de Hungría, del Instituto Rubio, y las del Hospital de San José y Santa Adela (González-Iglesias y Herrera-Rodríguez, 2016). Y, por último, que los años 1917 y 1918, Antonio Mut, profesor de la Escuela de Santa Isabel de Hungría, publica una obra en tres tomos titulada La Enfermera. Resumen de los conocimientos más indispensables para la buena asistencia de los enfermos (Herrera-Rodríguez, 1991, pp. 969-978.). Este manual es muy importante en la historia de la Escuela de Santa Isabel de Hungría, pero también cobra mayor interés ya que en 1915 se creó el título de Enfermera en España, a instancias de las Siervas de María Ministras de los Enfermos (González-Iglesias et al, 2010).

<italic>El Instituto Rubio y los Estatutos de su fundador. Defensa documentada</italic>, el libro de Sol Rubio y Chacón

Podríamos concluir nuestro artículo en el apartado anterior, pero es de obligado cumplimiento hacer referencia al libro que publicó, en 1916, Sol Rubio y Chacón, hija de Federico Rubio y viuda de García del Busto, titulado El Instituto Rubio y los Estatutos de su fundador. Defensa documentada, [Imagen 9] obra que ha sido catalogada por Carrillo et al (2002).

Portada del libro El Instituto Rubio y los Estatutos de su Fundador, defensa documentada, por Sol Rubio y Chacón (Madrid, 1916)

Este libro de Sol Rubio se publica en el año 1916, al igual que la reedición de las Cartas del Dr. Rubio y Galí a las Curadoras del Instituto de Terapéutica Operatoria, que fueron escritas en 1897, pero se reeditaron en el referido año (Rubio y Galí, 1916). Creemos que no es casualidad ya que quizás se pretendía con la publicación de estas Cartas, recordar la voluntad del cirujano portuense con respecto a las tareas que debían desempeñar las Señoras Curadoras, sobre todo teniendo en cuenta el conflicto sobre las enfermeras internas de 1912, que hemos tenido la oportunidad de narrar en este artículo. Curiosamente, en el libro que comentamos también se incluyen las «Cartas del Dr. Rubio y Galí a las señoras Curadoras» (Rubio y Chacón, 1916, pp. 32-53).

Pero ahora centrémonos en el libro de Sol Rubio sobre el Instituto y los Estatutos de su Fundador (Rubio y Chacón, 1916). El libro, aclara Sol Rubio, fue escrito por el estrecho colaborador de Federico Rubio, Luis Marco Corera (1851-1925), pero «todo leído y revisado por mí» (Rubio y Chacón, 1916, p. 14). El fundamento del libro es el de documentar que la voluntad del fundador y que los derechos del mismo y de sus descendientes, «no han sido respetados como debieran serlo» (Rubio y Chacón, 1916, p. 6). Es más, denuncia que en el Instituto Rubio «no han dado muestras efectivas de cariño verdadero a su Fundador, pues ni aun de las leyes mismas se ha hecho caso jamás allí para respetar y cumplir su voluntad» (Rubio y Chacón, 1916, p. 8).

Recuerda la hija del fundador que el Instituto Rubio está al amparo del Patronato del Gobierno en la Beneficencia particular y que:

«… el fundamento de lo legalmente estatuido en la materia es el respeto y cumplimiento de la voluntad del Fundador de cada Institución benéfica privada, claramente manifiesta en el documento base de la fundación, de autenticidad indiscutible, verdadero título fundacional» (Rubio y Chacón, 1916, p. 6).

Hay dos cuestiones que resalta Sol Rubio en su libro: la primera que su padre fue fundador directo de ocho dotaciones de camas e indirecto de otras tres dotaciones más, hechas con donativos suyos y remuneratorios de servicios, y la segunda es la donación que hizo de una cantidad para base del Montepío de Enfermeras, cantidad que a él se le adeudaba (Rubio y Chacón, 1916, p. 7). Observamos que, en la prensa, en 1913, a la vez que se daba noticia de la constitución de la Asociación de Enfermeras Españolas, que hemos mencionado anteriormente, se anuncia que se está formando el Montepío «para que á la vejez ó en caso de enfermedad puedan las enfermeras contar con algún recurso».49 Sabemos que Federico Rubio, en una carta de 18 de marzo de 1898, señaló la cantidad de 18.428,28 pesetas, que…

"… quedan desde hoy a disposición de la Junta para que, hecho el empleo de las precedentes como dejo dicho, las consagre a la fundación de un Montepío para las Enfermeras del Instituto y Hospital, cuya conducta corresponde a las prescripciones de su Reglamento y al espíritu de la Institución, Montepío que será organizado como mejor estime la Junta, a cuyo celo encomiendo también el cuidado de fundarlo" (Rubio y Chacón, 1916, pp. 22-23).

Como podemos observar por lo expuesto por Sol Rubio, el problema es que no se cumple la voluntad del fundador, ya hemos visto la defensa que realizó en 1912 para que se respetara a las enfermeras internas. Ahora lo que se plantea es un problema de tipo económico. De hecho, el Depositario del Instituto Rubio, D. Rufino Martín Besga, escribe dos cartas a Sol Rubio, fechadas en noviembre de 1915, que tratan sobre la dotación de camas del Instituto, a través de las mismas sabemos que la hija del fundador, está en desacuerdo con lo planteado y que anuncia que no acudirá a la Junta general de Protectores, ya que piensa que se trata de vulnerar los Estatutos «y de cohonestar ilegalmente las graves infracciones que la perjudican y a sus descendientes…, de nueve dotaciones de camas, cinco de ellas dotadas y sin liberar» (Rubio y Chacón, 1916, pp. 15 y 17).

Vemos que en el libro se dedica el capítulo V al tema de los fondos dotales e intransferibles y los fondos corrientes del Instituto Rubio, «según los Estatutos dados por el Fundador». En este sentido se hace alusión a que en los Estatutos fundacionales no hay ningún artículo que autorice a nadie para anularlos o reformarlos. De ahí que desarrolle sus argumentos sobre el sistema económico del Instituto Rubio («que el Protectorado del Gobierno ampara») apoyándose en los artículos de los citados Estatutos (Rubio y Chacón, pp. 60-63). Veamos:

"- Que las camas del Hospital tendrán cada una su dotación (artículo 18).

- Que no podrá haber más dotaciones que camas (artículo 25).

- Que está fijado el importe de cada dotación (artículo 26).

- Que esta dotación puede constituirse por una donación entre vivos (simplemente donación) o por una donación a causa de muerte (legado) (artículo 23).

- Que estos fondos dotales serán los únicos que han de constituirse en inscripciones intransferibles constituidas por títulos de la Deuda interior al 4 por 100 (artículos 22 y 23).

- Que, por tanto, es necesario que haya camas sin dotar (liberadas o no) y quien tenga voluntad expresa de dotarlas (sea por donación, sea por legado) para emplear la forma de bienes dotales e intransferibles (artículos 22 y 23).

- Que, excediendo los gastos hospitalarios de las rentas procedentes de las dotaciones de camas (únicos fondos dotales e intransferibles), sólo la Junta General de Protectores podrá cubrir el déficit del Hospital, y a petición de la Junta Administradora nada más (artículos 26 y 27).

- Que ni el Director, ni la Junta Administradora del Hospital, ni los profesores, ni los alumnos, ni las enfermeras, ni los dependientes (…), debe o puede recibir para el Hospital dinero metálico, billetes, valores ni alhajas. La Junta Administradora es quien pide; la Junta protectora es quien da. De ahí la existencia en los Estatutos fundacionales de dos Depositarios: uno, por dos años, para la Administradora; otro perpetuo, para la Protectora. Claro es que los Estatutos no vedan la reunión de ambos cargos en una misma persona, y la reelección indefinida del de la Administradora (…) (Arts. 28 y 29).

- Que el Instituto Rubio no debe ser rico, no debe capitalizar, no debe tener indefinidos fondos dotales e intransferibles, sino tan sólo la suma de dotaciones equivalentes a la suma de camas de las tres enfermerías (2ª Carta a las Señoras Curadoras y artículo 25).

- Que los dotadores de camas y sus derechohabientes o causahabientes son los que, en caso de disolución del Instituto, deben recoger el respectivo capital de dotación (…) (Arts. 18, 22, 23, 25, 26 y 27)".

En el libro se hace alusión a los «Estatutos falsos, de 1910», que suprimieron los artículos 28 y 29 de los Estatutos verdaderos, que prohibían a todo el personal, incluso al director del Instituto, recibir dinero, valores o alhajas para el hospital, «lo mismo sin pedir que pidiendo» (Rubio y Chacón, 1916, p. 264). En este sentido se recuerda que los Estatutos dados en 1896 por Federico Rubio al Instituto de Terapéutica Operatoria son el título fundacional del Instituto Rubio, y fueron registrados por segunda vez en el Gobierno civil en 1903, un año después de muerto el Fundador (Rubio y Chacón, 1916, p. 265). Por todo ello, se consideran ilegales los Estatutos dados en 1910 (Rubio y Chacón, 1916, p. 266). En su consecuencia, «es ilegal el que en la actualidad tenga el Instituto Rubio capitales en inscripciones nominativas e intransferibles que no sean propiedad de dotadores de camas y de sus derechohabientes» (Rubio y Chacón, 1916, pp. 266-267).

Entre las soluciones que se proponen destaca la siguiente, que el Instituto Rubio normalice la irregular situación legal y económica en que se halla, al tener capital propio, en pleno dominio, contra la voluntad del Fundador, que sus Estatutos dispuso que en el Instituto no hubiera más que capitales ajenos (de los dotadores de camas nada más) y limosnas eventuales (Rubio y Chacón, 1916, p. 254).

En resumen, de la lectura de este libro se deduce que la reforma estatutaria, realizada en el año 1910, Sol Rubio la considera ilegal, pero también llama la atención que cuando se publica esta obra, su autora subraya que no se deben dejar en el abandono…

«… en que se han dejado en estos últimos años los cargos de la Comisión ejecutiva, de Junta de Protectores y de las señoras Curadoras, ya por tristes bajas de fallecimiento, ya por dimisiones hasta en masa, cargos que en su mayoría dejábanse de cubrir y los que se cubrían después de Juntas generales borrascosas (causantes de las dimisiones) no eran aceptados con el entusiasmo que sin estas desagradables circunstancias lo hubieran sido» (Rubio y Chacón, 1916, p. 257).

Se apunta también el año 1907, en que comienza el déficit económico, «y siguen y aumentan» (Rubio y Chacón, 1916, p. 257).

Sumemos a todo esto, para terminar, cuestiones que ya hemos apuntado, como la huelga de enfermeras del Instituto del año 1911 o el gravísimo conflicto que supuso el intento de sustituir a las enfermeras internas por las Hijas de la Caridad, además de la citada reforma estatutaria y de la crisis económica del Instituto. Un panorama muy complicado, pues, el que se va configurando en el seno del Instituto después de la muerte de Federico Rubio y Galí (1827-1902).

A modo de epílogo

El conflicto que tuvo transcendencia pública en 1912, al ser recogido y ampliamente debatido en la prensa, se prolongó durante unos años. El intento de sustituir a las alumnas internas de la Escuela de Enfermeras de Santa Isabel de Hungría por Hijas de la Caridad fue solo uno de los problemas que se plantearon en el Instituto. Sobre lo acontecido allí en esa época, es de especial interés lo que escribieron cuatro autores ligados al Instituto Rubio y que vivieron el conflicto.

El primero de ellos fue Ángel Pulido que entre agosto y septiembre de 1915, publicaría en El Siglo Médico sus «Cartas circunstanciales», sobre su aportación al Instituto Rubio. Lo hizo tras su dimisión como vicepresidente de la Junta de Protectores del Instituto Rubio al no sentirse respaldado por el profesorado. En ellas cuenta como conoció a Federico Rubio en 1874 y los primeros años de este en Madrid; además de explicar la colaboración que prestó siempre al Instituto Rubio, desde que solo era un proyecto de su fundador. Todas esas cartas se reunirían en el libro ya citado en este artículo (Pulido-Fernández, 1915); en él se describen muchos detalles del día a día del Instituto; también desavenencias y disputas, incluso entre médicos de la institución, tras la muerte del doctor Rubio. Su libro termina informando de un acto de conciliación, tras la Junta general de profesores del Instituto en la que deciden pedirle disculpas. El doctor Pulido se compromete a seguir colaborando con el Instituto Rubio.

Al año siguiente, en 1916, Sol Rubio, la hija de Federico Rubio, publicaría su libro El Instituto Rubio y los Estatutos de su fundador. Defensa documentada (Rubio y Chacón, 1916), en el que vierte las críticas que hemos resaltado. Para su redacción contó con Luis Marco, estrecho colaborador y amigo de Federico Rubio y que el año 1906 había dejado sus cargos en el Instituto Rubio, tras desacuerdos con otros colaboradores de la institución (Aguerri-Martínez, s.f.).

El día 1 de octubre de ese mismo año (1916), López Capello, secretario del Instituto Rubio, leía una memoria en el acto de apertura del curso, acto en el que anunciaba también que dejaba su cargo por motivos de salud. En esa memoria, publicada en el Boletín de la Revista Ibero-Americana de Ciencias Médicas, aprovecha para hacer una serie de «aclaraciones» que estima necesarias, en una «mirada al pasado». Defiende la gestión de Eugenio Gutiérrez, en cuyo periodo como director se produjo la modificación de los estatutos. De él dice: «Quiso para la Institución lo bueno de lo legado, uniéndolo á lo mejor de lo adquirido. No trató de destruir, sino de evolucionar». Y añade: «… corrigió abusos, ordenó la Institución (…). Acabó con cierta dejadez que se acentuaba».50 En cuanto al conflicto generado en 1912 explica:

«Recordaréis que los protectores no médicos solicitaron una modificación del Reglamento de Enfermeras, para que fueran suprimidas la internas (…). Hay que advertir y aclarar que esta cuestión, debiendo ser de orden doméstico ó de índole profesional, se convirtió por la Prensa toda en una disputa dogmática, tan deplorable como incongruente y con toda clase de derivaciones. El Profesorado, al ponerse al lado de nuestras enfermeras, no rechazó la solicitud de los protectores médicos, por cuestión de creencias, porque no se trataba de esa clase de animosidades, como habían entendido ó querido entender los periodistas de partido. No hubo aquí ni asomo de irreligiosidad (…). Pasada aquella turbulencia, serenos ya los espíritus, justo es restablecer alguna vez la verdad de los hechos. Adquirirían una idea falsa de lo ocurrido los que se enteraran de aquello, por lo mucho que se publicó entonces, unas veces con las fierezas del fanatismo; otras con los horrores del sectario, y nunca como espejo de la verdad».51

En esa misma memoria López Capello explica:

«No he de ocuparme de lo relativo al orden económico (…), que hoy rige con la debida autorización del Gobierno civil. No es eso lo que á mí me corresponde. Y además, sería inútil ocuparme de ello, porque durante el último curso se ha publicado un libro luminosísimo sobre este punto, libro que debemos agradecer, donde todo se aclara, y se reúnen valiosos datos (…). Me refiero al titulado De la dotación de camas, de los Estatutos y de los fondos del Instituto Rubio, por el Dr. D. Rufino Martín Besga. No quiero elogiar á ese hombre respetable. No lo necesita en verdad. Es de los pocos que serán glorificados por los que sientan afecto á esta Fundación».52

Aunque lo hemos buscado, no hemos localizado el libro de Rufino Martín, depositario del Instituto Rubio. Tampoco sabemos la fecha exacta de su publicación, si fue anterior o posterior al libro de Sol Rubio, y desconocemos su contenido, salvo en un dato del que informa López Capello: «… el Dr. Martín Besga dice en su citado libro: "Yo fui el iniciador de la supresión de la última condición del artículo 25».53 De Martín Besga dice Ángel Pulido que es «… de los más antiguos, honorables y abnegados profesores del Instituto» (Pulido Fernández, 1915, p. 90).

Por su parte, López Capello se hace responsable de la redacción del capítulo noveno de los estatutos titulado «Del Cuerpo de Profesores», porque «… estaba sin reglamentar la vida del profesorado». Y aclara más adelante: «A todos se dio cuenta oficial y particular, interviniendo las señoras Curadoras, la Comisión Ejecutiva, todos nuestros organismos. Se nombraron comisiones especiales y ponencias (…), y se llegó al final, al acuerdo de todos, sin protesta alguna».54

Todos comparten un gran amor por el Instituto Rubio, su admiración y respeto por Federico Rubio, su fundador, por su labor científica y filantrópica. Y todos se encuentran en la necesidad de justificar y defender sus posturas que difieren en cuanto al modo de preservar su legado y dar continuidad al Instituto Rubio.

Agradecimiento:

A don Antonio Jesús Marín Paz, que nos ha proporcionado la información de «El Observador. Semanario Integrista Regional», impreso en Cádiz, 30 de septiembre de 1927, p. 1.

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En Blanco y Negro. 1902; XII (592):4.

Cf. pp. CCXV-CCXXIII.

Cf. pp. CDXLIX-CDLV.

En Diario de Cádiz, 30 de agosto de 1927, p. 1.

En Diario de Cádiz, 31 de agosto de 1927, pp. 1-2.

En Diario de Cádiz, 1 de septiembre de 1927, p. 2.

En El Observador. Semanario Integrista Regional. Año XII, número 460, 10 de septiembre de 1927, p. 1.

Ibidem.

Ibidem.

Ibidem.

Ibidem.

En Diario de Cádiz, 31 de agosto de 1927, p. 1.

En La Época, sábado 13 de julio de 1895, p. 3.

En El Liberal, 20 de junio de 1897, p. 1.

En La Época, 15 de diciembre de 1899, p. 2.

Ibidem.

Ibidem.

Ibidem.

Ibidem.

En El Imparcial, 3 de octubre de 1904, p. 3.

En este artículo se utiliza indistintamente «Hijas de la Caridad» y «Hermanas de la Caridad», haciendo referencia a las Hijas de la Caridad, siguiendo el uso de las publicaciones que hemos consultado de esa época. De hecho, en la prensa se utilizaba con mucha más frecuencia «Hermanas de la Caridad» que es el título general en el que se incluyen diversas comunidades religiosas de espíritu similar y entre las que las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, eran las que habían alcanzado una mayor noto-riedad y las más numerosas. Por el mismo motivo, se utiliza «enfermeras» o «alumnas enfermeras» al referirse a las alumnas de la Escuela de Enfermeras de Santa Isabel de Hungría.

En El País, 5 de julio de 1900, p. 3.

Ibidem.

Ibidem.

En Revista Ibero-Americana de Ciencias Médicas. 1900; IV(7):3-10.

En El Motín, 8 de agosto de 1912, p. 39.

En El País, 21 de junio de 1912, p. 1.

En El Motín, 8 de agosto de 1912, p. 9.

En El Motín, 21 de mayo de 1898, pp. 3-4

En La Época, 9 de junio de 1912, p. 3.

Sol Rubio y Chacón nació en Sevilla, en 1853; fue educada en el Colegio Católico de Gibraltar, vivió la mayor parte de su existencia en Madrid, falleciendo en esta ciudad a finales de noviembre de 1920 (Cf. Revista Ibero-Americana de Ciencias Médicas, 1920, Tomo XLIV, Número CXCVI, p. 241-242. Artículo firmado por Luis Marco titulado «Doña Sol Rubio ha muerto»). Sabemos que la esposa de Federico Rubio, doña María de la Paz Chacón Santervas, falleció durante la epidemia de cólera de 1855. Cf. sobre este asunto el artículo del Dr. Fausto, seudónimo de Manuel Tolosa Latour, titulado «El Dr. D. Federico Rubio. Boceto», publicado en Diario de Cádiz de 28 de junio de 1900, p. 1. Federico Rubio se casaría, en segundas nupcias, con doña María Díaz Quelle (Cf. Carrillo-Martos, Juan Luis. Diccionario Biográfico Electrónico. Real Academia de la Historia. https://historia-hispanica.rah.es/biografias/38922-federico-rubio-y-gali).

En La Época, 9 de junio de 1912, p. 3.

La Época del 10 de junio de 1912, p. 1; ABC del 10 de junio de 1912, p. 7; El Día, 10 de junio de 1912, p. 2; La Correspondencia de España, 10 de junio de 1912, p. 7. Sobre este asunto también ofreció noticias La Voz de Menorca, Diario republicano, editado en Mahón, el día 15 de junio de 1912.

En La Época, 10 de junio de 1912, p. 1

Ibidem.

En El Liberal, 10 de junio de 1912, p. 1.

Ibidem.

Ibidem.

Ibidem.

En El País, 12 de junio de 1912, p. 1.

En El Liberal, 11 de junio de 1912, p. 2.

En El Imparcial, 17 de junio de 1912, p. 3.

En El Imparcial, 18 de junio de 1912, p. 1.

En El Imparcial, 24 de junio de 1912, p. 3.

En El Motín, 20 de junio de 1912, pp. 12-13.

En El Nuevo Régimen, 20 de junio de 1912, p. 4.

En La Mañana. Diario Independiente, 1 de septiembre de 1912, p. 1.

En La Correspondencia de España, 7 de julio de 1913, p. 6.

Memoria leída en el acto de apertura de curso, el día 1º de octubre de 1916, por el Secretario, Dr. López Capello. Boletín de la Revista Ibero-Americana de Ciencias Médicas. 1916; 11(19):163-171.

Ibidem.

Ibidem.

Ibidem.

Ibidem.