Dedica el libro "in memoriam" a Francisco Herrera Rodríguez, fallecido el pasado año, al que le unía una larga amistad y con el que compartía su predilección por la investigación histórica. Médico, al igual que Urkia, Francisco Herrera fue catedrático de Historia de la Enfermería de la Universidad de Cádiz, doctor por la misma universidad e insigne historiador de la enfermería y de la medicina; formó parte del consejo científico de Temperamentvm y fue un asiduo colaborador en la sección Biblioteca. De seguir entre nosotros, Paco Herrera hubiese escrito la reseña de esta obra, como lo hizo con otras del mismo autor.
En la solapa delantera del libro se aporta alguna información de su autor, José María Urkia. Se explica que es doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad de Salamanca, profesor de Historia de la Medicina en la UPV/EHU, fundador y presidente de la Sociedad Vasca de Historia de la Medicina y que fue presidente del Colegio Oficial de Médicos de Gipuzkoa, además de director y presidente de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País (RSBAP). Francisco Herrera añadiría que, además de su intensa actividad docente, Urkia ha tenido y mantiene una amplia actividad investigadora que ha abarcado el estudio de epidemias, balnearios, algunas instituciones hospitalarias, instituciones profesionales, como el Colegio de Medicina de Gipuzkoa, literatura y medicina, o la vida y obra de figuras destacadas de la medicina en la España del siglo XX, en especial del País Vasco. Pero Urkia también dedicó dos monográficos a destacados clínicos del Renacimiento (Miguel Servet y Andrés Vesalio). En 2012 publicó junto a Sergio Baches Opi el libro
El libro se divide en once capítulos. Una breve introducción, en la que explica que el motivo de esta obra es recordar a alguien que ocupa un lugar destacado en la Historia Médica Universal, en homenaje cuando se cumple el IV centenario de su nacimiento. Cita a destacados historiadores de la medicina hispanos que han dedicado algunos estudios a la obra de Sydenham, resaltando en especial a Laín Entralgo y a Sánchez Granjel -su director de tesis- quien llegó a afirmar: «Thomas Sydenham es autor de la contribución más importante hecha al saber médico en el siglo XVII. Su doctrina de especie morbosa supone el derrocamiento definitivo del galenismo». Urkia reconoce que la literatura anglosajona y americana son las que han ofrecido una visión más completa de Sydenham, incluida la reciente biografía publicada en Inglaterra, por Michael Denny (
En un reciente artículo publicado en el diario Noticias de Gipuzkoa, Urkia explica el contenido de su obra de este modo:
«…se desgrana el entorno geográfico, social, cultural, científico y político, imprescindibles para entender al personaje, hasta los mínimos detalles de sus estudios médicos, peripecia profesional, influencias y legado, así como un análisis de sus escritos. Quizás, uno de los capítulos más novedosos sea la estrecha relación entre el médico y filósofo Locke y Sydenham, pilares de su ciencia médica, sin olvidar el valor de la iconografía que exponemos y su legado en Europa en siglos posteriores».
Para Urkia, entre los grandes reformadores de la medicina inglesa del Barroco, destaca en primer lugar William Harvey (1578-1657), descubridor de la circulación de la sangre, por lo que supuso de renovación en la investigación fisiológica, utilizando el cálculo, la medida, la observación y el razonamiento cuantitativo. Se oponía por primera vez a Galeno, en una época en que se comenzaba a cuestionar el «criterio de autoridad», herencia de los grandes clásicos (Hipócrates, Galeno, Avicena, y Aristóteles) que todavía estaban vigentes en la enseñanza universitaria en esa época. En esos cambios que comienzan a darse en la ciencia de la vida, se otorga una influencia notable al filósofo inglés Francis Bacon (1561-1626), quien formuló los principios básicos de la investigación científica por el método inductivo.
Thomas Sydenham no coincidió con Harvey en la práctica de la clínica, porque este falleció cuando Sydenham comenzaba a trabajar en este campo. Tampoco tuvieron relación antes. Durante la guerra civil inglesa estuvieron en bandos opuestos, Harvey en el bando realista y protegido del monarca; la familia de Sydenham era del bando parlamentario, dirigido por Oliver Cromwell, y perderían sus bienes en la Restauración Monárquica de 1660.
Otro personaje destacado de esta época en Inglaterra, con quien sí coincidió y entabló relación Sydenham, fue con el filósofo y médico John Locke (1632-1704), el «Padre del Liberalismo Clásico» y uno de los más destacados pensadores del empirismo inglés. Ambos fueron grandes amigos, se admiraban profesionalmente y mantuvieron una estrecha colaboración, hasta el punto de que escribieron juntos algunas obras médicas. Sydenham definía a Locke como «espíritu de juicio exacto, costumbres sabias y regladas, hombre de rara inteligencia, difícil de superar». Por su parte, John Locke ponía de ejemplo médico a Sidenham:
«al que no se le resiste el fenómeno de las enfermedades, capaz de ordenar a las fiebres que se calmen, de determinar el mejor tratamiento para aliviar el dolor físico, además de responder y fortalecer su abatimiento moral».
Sydenham padeció la enfermedad gotosa (podagra) durante muchos años y fue relatando a lo largo del tiempo los distintos procesos de la enfermedad por los que atravesó. Fruto de su experiencia y su intuición clínica, publicó en 1683 un tratado de la podagra que Urkia describe como «verdadera obra de arte de la semiología de esta dolencia» y opina que «no se ha superado aun su descripción de la artritis gotosa aguda». Destaca de él su interés por descifrar la causa de la enfermedad y sus intentos por encontrar una explicación a los fenómenos naturales: «Formulaba hipótesis y teorías, sabiendo que podían fallar. Buscó siempre la verdad». Fue muy crítico con la enseñanza y la medicina oficiales, valoraba la observación del enfermo y de la naturaleza como fuentes del saber. Parece que como estudiante de medicina no fue un alumno muy aplicado, pero sí estudió con interés la obra de Hipócrates y también la de Francis Bacon que influyó en su pensamiento médico. Y aprendió en la cabecera del enfermo.
Sydenham consideraba a Hipócrates el más sabio de los médicos, de pensamiento útil y práctico. Para él la única medicina útil es «la que se ajusta a estudiar el fenómeno de la enfermedad y se confirma por la experiencia, es la senda que inició Hipócrates». Porque la medicina se resume en «conocer la historia de las enfermedades, emplear los remedios que la experiencia ha acreditado como eficaces y debe seguir un método» que se sustenta «en la razón ordinaria y natural».
En su epílogo «Tras las huellas de Sydenham», Urkia rememora su viaje a Inglaterra, en abril de 2024, para seguir el rastro que ha dejado Thomas Sydenham en los lugares que habitó o frecuentó en vida. Para ello visitó, entre otros, el Royal College of Physicians de Londres, donde Sydenham «fue tan poco querido en su tiempo» y tan reconocido posteriormente. Después se desplazó a Oxford, donde Thomas estudió; a Bath, cuyas aguas recomendaba para determinadas enfermedades; a Wynford Eagle, su aldea natal, en la que se conserva la casa familiar, hoy en manos privadas, pero que pudo visitar.
Urkia se muestra apenado por el desconocimiento que hay de la vida y la obra de este insigne médico, entre los profesores y alumnos de medicina actuales, aunque cita excepciones muy puntuales como los «aplicados estudiantes de Historia de la Medicina», que le recordarán por el término «especie morbosa» o el «Hipócrates inglés». Quizá también le recordarán filósofos y estudiosos de la pintura inglesa del siglo XVII, los unos por su amistad con Locke, los otros por el retrato que le hizo Mary Beale. Y los cervantistas que recordarán la célebre
Urkia comparte con Michael Denny, autor de la última biografía de Thomas Sydenham en inglés, que este fue «un médico de verdad, de esos que cuidaban a los enfermos y tan querido tanto por sus amigos como por sus dolientes». Y añade en otro momento: «Queda claro que fue un clínico próximo a sus enfermos y que le movía ayudar a sus semejantes en el duro trance de la enfermedad». También expresa un pensamiento para la reflexión, tras estudiar sus obras, «en casi todas ellas, nuestro biografiado se ve obligado a tener que justificar su práctica clínica frente a tantos detractores que tuvo en la vida y le hicieron sufrir». Algo que comparte con otras mentes privilegiadas y adelantadas a su tiempo.
La obra es mucho más de lo que hemos relatado en estas líneas. En ella se desgrana, desde diferentes vertientes, la peripecia vital de Thomas Sydenham que, en palabras del autor, «abarca la ciencia y la cultura en el barroco inglés».