Durante el siglo XIX la ciudad de Zaragoza y Aragón sufrieron cuatro oleadas de cólera, la última y más penosa fue en 1885. El objetivo de este trabajo es describir las acciones preventivas y restauradoras, llevadas a cabo por las autoridades sanitarias de la capital maña durante la última gran epidemia de cólera del siglo XIX. Se ha realizado una revisión bibliográfica de las publicaciones que se ocuparon de este hecho en la comunidad y la ciudad, se ha consultado el Archivo DARA (Documentos y Archivos de Aragón) y Gaceta de Madrid. Otras fuentes hemerográficas han sido de gran importancia. Los movimientos migratorios y las condiciones higiénico-sanitarias de la ciudad, hicieron que el cólera se propagase de forma muy intensa. Las autoridades iniciaron medidas preventivas para intentar controlar la propagación de la enfermedad. Los hospitales de la ciudad, habilitaron zonas para los enfermos contagiados de cólera. La Junta Municipal de Sanidad, creó hospitales de coléricos que cumplieron una gran misión durante la epidemia. Se crearon Casas de Socorro para las necesidades de alimentación y vestimenta en los barrios de la capital, que hicieron una gran labor ciudadana junto con párrocos y asociaciones vecinales que le mereció a la ciudad el título de "Muy benéfica".
During the 19th century the city of Zaragoza and Aragon suffered four waves of cholera, the last and most painful was in 1885. The objective of this work is to describe the preventive and restorative actions carried out by the health authorities of the city during the last great cholera epidemic of the 19th century. We have been a bibliographic review of the publications that dealt with this fact in the community and the city, the Archive DARA (Documents and Archives of Aragón) and the Madrid Gazette have been consulted. Other newspaper sources have been of great importance. The migratory movements and the hygienic-sanitary conditions of the city, caused that the cholera spread in a very intense way. The authorities initiated preventive measures to try to control the spread of the disease. The city hospitals set up areas for the sick infected with cholera. The Municipal Board of Health, created choleric hospitals that fulfilled a great mission during the epidemic. Aid Houses were created for food and clothing needs in the capital's neighborhoods, which did a great civic effort together with parish priests and neighborhood associations that earned the city the title of "Very beneficial".
Aragón al igual que el resto de España y del continente europeo, ha sufrido los estragos de epidemias como la peste y el cólera. La transmisión fue originada en gran medida por los movimientos migratorios de personas que se desplazaban por trabajo o buscando nuevas oportunidades para sobrevivir.
El objetivo de este estudio es describir las acciones preventivas y restauradoras, llevadas a cabo por las autoridades sanitarias de la ciudad de Zaragoza durante la última gran epidemia de cólera del siglo XIX.
A propósito de las fuentes para el estudio de este periodo histórico en la capital del Ebro, se ha llevado a cabo una revisión bibliográfica de las publicaciones que se ocuparon por este hecho en Zaragoza y Aragón, fundamentalmente. Además, en el texto se reflejan las precarias condiciones de saneamiento y salud pública y estado de los hospitales de beneficencia de la capital maña. Se ha consultado el Archivo DARA (Documentos y Archivos de Aragón) y el Boletín Oficial, Gaceta de Madrid. De especial relevancia son las fuentes hemerográficas y la prensa oral y escrita de la actualidad, por la presente situación de pandemia sanitaria en la que nos encontramos inmersos desde principios del pasado año 2020.
Zaragoza ya había sufrido la catástrofe de la peste en 1652, durante el reinado de Felipe IV. Como consecuencia de las constantes luchas originadas por la guerra de separación de Cataluña y las intensas sequías, se produjeron más de 7000 muertes, en unos calamitosos meses que se prolongaron de marzo a noviembre (Zubiri y Zubiri, 1980).
La primera noticia de cólera morbo, en Europa se produjo en el año 1817, cuando rebasó los límites asiáticos en los que se hallaba contenido, siguiendo el curso de los ríos y atravesando los mares para invadir los pueblos trasatlánticos. Parece ser que en el valle del Ganges la enfermedad era endémica. Que se extendiese por Europa se relaciona con los movimientos de los ejércitos procedentes de Oriente (Zubiri y Zubiri, 1980).
Cuatro oleadas de cólera asolaron Aragón y Zaragoza durante este siglo XIX. En 1834 durante la contienda Carlo-Cristiana, se manifestó el primer caso de cólera morbo en Torremocha, un pequeño pueblo de Aragón, para después desplazarse por otros municipios como Lumpiaque, Épila y Escatrón, hasta llegar a Zaragoza el 16 de agosto de ese mismo año. La transmisión continuó por otras localidades aragonesas (Zubiri y Zubiri, 1980).
En el año 1854 hubo un nuevo brote en Zaragoza que se prolongó hasta 1856, en que la provincia estaba desagregada por distritos judiciales y localidades, aportando buenos indicadores de morbimortalidad (Gascón, 2016). Especialmente penoso fue el brote producido en 1865, antes de la última epidemia de 1885 a la que dedicamos esta investigación. Las dos últimas causaron graves perjuicios a la población aragonesa (Gran Enciclopedia Aragonesa, 2000).
Luis Arcarazo, médico militar, y Pilar Lorén, enfermera y licenciada en Geografía e Historia, recientemente publicaron un artículo que analizaba las plagas que asolaron Barbastro (municipio oscense, capital de la comarca aragonesa del Somontano) y que diezmaron la población, los focos eran causados por la suciedad de las calles y las aguas residuales que se vertían al río Vero (Arcarazo y Lorén, 2020). Javier Lozano también estudió la epidemia de cólera de 1885 en los pueblos regados por un afluente del Ebro, el río Aguasvivas, para concluir que, aunque la enfermedad era transmitida por el agua contaminada, no era el curso de los ríos lo que extendió la enfermedad a largas distancias, si no que la infección se transmitió por caminos y a través de las personas que se desplazaban por ellos (Lozano, 2015).
En el último cuarto del siglo XIX, Zaragoza era un buen reflejo de la sociedad decimonónica, relativamente estable e inmóvil. Fueron los años de gran depresión económica europea y agraria, que afectaron enormemente a la población aragonesa y zaragozana, cuyos censos de población muestran que en el último tercio del siglo se incrementó en menos de 10.000 nuevos vecinos (Carnicero, 2007). La población rural de la época se encontraba inmersa en una crisis política, socioeconómica y sanitaria, que junto a los efectos de la sobrepoblación de los campos y la quiebra de una parte de los trabajos que componían la pluriactividad campesina, además de la llegada de cereales procedentes del exterior a finales del siglo XIX, provocó que se iniciara un aumento de la emigración rural hacia las ciudades u otros países en busca de nuevas oportunidades (Rodríguez, 2002).
Zaragoza había iniciado un proceso de industrialización a mitad de este siglo, con la creación de 76 sociedades con proyectos industriales, minerías, textiles y harineras. La red ferroviaria se estaba completando con conexiones hacía Caspe desde Barcelona, Cariñena y el sur del Ebro. En 1883, llegaba la electricidad a la ciudad de manos de Electa Peral y la Compañía Aragonesa de Electricidad. Se iniciaron los servicios de tranvías urbanos, arrastrados por mulas, que conectaban el centro de la ciudad con los nuevos barrios. El tranvía subía por la cuesta de Cuéllar hasta Torrero, también había comunicación con el Arrabal, la estación de Madrid y el bajo Aragón. Otra línea circulaba por el Coso hasta la Universidad giraba por el Ebro llegando hasta el Portillo.
En esos mismos años las condiciones sanitarias en las que se encontraba la capital del Ebro, eran calles, la mayoría sin adoquinar, polvorientas en verano y embarradas en invierno, como consecuencia de los vehículos de tracción animal. Los animales deambulaban sueltos por la ciudad. El gobernador encargaba que los internos de prisión limpiaran a fondo la ciudad al llegar el verano. La estación de ferrocarril estaba en un estado deplorable. No había vertido, ni agua potable en la mayoría de los barrios. El agua que se bebía en la ciudad procedía del Ebro y llegaba directamente del río o a través de acequias. Sólo en las calles más amplias y modernas el agua se distribuía a las casas a partir de depósitos y llegaba limpia. En el resto se compraba a los aguadores o se recogía de las fuentes, tal y como salía, es decir sucia y con detritus orgánicos, porque la falta de alcantarillado producía frecuentes filtraciones desde los pozos negros (Carnicero, 2007).
Las viviendas, los hospitales y el sistema de evacuación de aguas fecales presentaban grandes deficiencias como en otras grandes ciudades. Se consideró igualmente el efecto provocado por la mala calidad y adulteración de los alimentos y bebidas. La leche se vendía en las lecherías, y de forma ambulante, se adulteraba con agua burlando las inspecciones sanitarias. En consonancia con esta valoración, se reclamó la actuación de las autoridades municipales para corregir buena parte de los defectos citados y mejorar la situación higiénico-sanitaria de Zaragoza. No obstante, la red de agua y el alcantarillado no se inició hasta 1911 (Porras, 2002). Los primeros depósitos del agua del Pignatelli se construyeron en 1877 y en 1898 se inauguró un segundo depósito, según el proyecto del arquitecto municipal Ricardo Magdalena (Zaragoza, 2016).
En el verano de 1884 el cólera causaba numerosas víctimas en Marsella y Tolón, lo que hizo que cundiese la alarma en España, que ya había conocido la letalidad del cólera en tres ocasiones anteriormente. Las autoridades hicieron todo lo posible para evitar el contagio (Gran Enciclopedia Aragonesa, 2000). Se dieron órdenes por el ministro de Gobernación, Francisco Romero Robledo, para que se tomasen enérgicas medidas tanto en el interior del territorio nacional, como en las fronteras y costas. Se estableció un cordón sanitario en la frontera con una cuarentena de 47 días para los que pasasen de Francia y se dio orden para la desinfección de mercancías y equipajes.
Por este motivo, Zaragoza celebró una Junta Municipal de Sanidad, apoyada por el alcalde de la ciudad, Pedro Lucas Gallego, tomando acuerdos favorables para una higiene rigurosa, en la que los propietarios de las viviendas debían sanear los cuartos de baño, retretes y pozos negros; se indicó la necesidad de blanquear habitaciones y escaleras, retirando los estercoleros. Se fumigaron fuentes, alcantarillado y se cerraron los sumideros públicos. Se realizó una vigilancia exhaustiva de los mercados, fondas, vaquerías, establecimientos de burras de leche y lavaderos (Zubiri y Zubiri, 1980).
Los lavaderos, corrales etc. se convirtieron en un foco de contagio. Al margen de los hábitos higiénicos que los ciudadanos de Zaragoza pudiesen tener en aquella época en la que no había agua corriente ni saneada, el problema de base, era la mezcla de las aguas fecales contaminadas con la bacteria Vibrio Cholerae con las aguas susceptibles de pasar a la cadena alimenticia, al beberse, regar, utilizarse para preparar alimentos, lavar la ropa, etc. Se sospechaba que el agua era un vehículo de transmisión, por lo que en la ciudad se dieron indicaciones de hervir el agua de consumo y quedó prohibido bañarse en las acequias (Lozano, 2015). Algunas medidas preventivas realizadas en la ciudad fueron el saneamiento de las Balsas de Ebro Viejo, en la margen izquierda del Ebro en el barrio del Arrabal y del matadero, a instancias del mismo barrio, así como sacar fuera del casco urbano los almacenes de pieles, que eran abundantes en Tenerías (Lozano, 2015).
En septiembre de 1884 la epidemia acampa en España, pero no en demarcaciones fronterizas con Francia, si no en lugares más alejados como fueron Castellón, Tarragona y Lérida, donde la confianza hizo relajar las cuarentenas. Hubo 989 invadidos y 592 fallecidos. En octubre de 1884 parecía que el peligro había pasado tras el verano, y en Zaragoza se desestimó suspender las Fiestas del Pilar, y las medidas preventivas se relajaron (Lozano, 2015). Unos meses después, en febrero de 1885, apareció el primer caso en Valencia, traído en un barco procedente de Marsella, y desde allí a medida que subían las temperaturas y con el movimiento de un grupo de segadores valencianos itinerantes, se extendió al resto de España (La Torre de Babel, 2020).
A pesar de todas las precauciones tomadas, el 3 de junio se declaró el primer caso en Huesca, el 16 de junio en Zaragoza y el 27 de junio en Teruel. En la capital aragonesa, el 21 de julio de 1885, las instituciones locales decretaron el estado de epidemia en toda la ciudad (La Torre de Babel, 2020).
Las carencias de alimentación y la situación higiénica de los hogares favorecieron la aparición y propagación de esta enfermedad infecciosa. La Diputación de Zaragoza, al ver que la epidemia de cólera se extendía desde Valencia, le encargó a Santiago Ramón y Cajal un estudio sobre si era realmente cólera y su profilaxis (Bueno, 2021). La acción política instauró un mando único mediante una Junta Municipal con las autoridades civiles, militares, religiosas, sanitarias e investigadoras ubicadas en el antiguo palacio de la familia Zaporta-Casa de la Infanta (Ramos, 2020). Esta Junta Municipal se reunió para discutir y acordar las medidas higiénicas propuestas por el alcalde, don Pedro Lucas Gállego y las que considerasen más urgentes, lo que quedó plasmado en un bando municipal fijado por la alcaldía de la ciudad en junio de 1885. En la misma sesión se encargó a los doctores Francisco Blas, Manuel Copón y Nicolás Giménez, junto con el arquitecto municipal, se eligiesen dos lazaretos, uno junto al puente de la Media Legua y otro en la Casa Blanca, donde al igual que en los ferrocarriles, se fumigase a los viajeros. Al Gobernador Civil se le encargó visitar los barrios, al Capitán General de la Región, se le instó a la limpieza de cuarteles, hospitales y establecimientos militares, a la vez que se autorizó la salida de una Sección de Penados para la limpieza de las calles. Se reforzó la Sección especial facultativa de la Policía Urbana con un médico-cirujano, dos veterinarios y un farmacéutico (Zubiri y Zubiri, 1980).
La ciudad de Zaragoza contaba en este momento con dos hospitales. El hospital de Beneficencia Nuestra Señora de Gracia, hospital modélico desde su fundación por Alfonso V el Magnánimo en 1425, que representó un punto de referencia en la sanidad moderna (Andrés, 2005). El centro destinó a hospital de coléricos las plantas baja y principal en la que podían colocarse setenta y tres camas. En el segundo piso se instaló una sala para las Hermanas de la Caridad que llegasen a contraer la enfermedad (Zubiri y Zubiri, 1980).
El hospital Militar de San Ildefonso, fue construido en la Iglesia de San Ildefonso, en la Avenida de Cesar Augusto y fue declarado de 1ª categoría en 1836, siendo uno de los más capaces. Contaba con una plantilla de un jefe local, cinco profesores del Cuerpo de sanidad, un ayudante de farmacia y un capellán, el resto era personal civil contratado (Arcarazo, 2008). Las autoridades militares indicaron que se extremase la vigilancia en los cuarteles y acordaron destinar como hospital militar de coléricos, el cuartel de Hernán Cortés, que abrió el 18 de julio de 1885, destinado a soldados enfermos de cólera (Zubiri y Zubiri, 1980).
Por la comisión de la Junta Municipal de Sanidad se indica a la alcaldía de la conveniencia de disponer de un hospital de coléricos en la calle de la Noria, muy cerca del Coso Bajo, a la que la población se oponía por el miedo al contagio; así como crear hospitales de coléricos en las afueras de la ciudad. Se encontró un lugar en el Camino de las Torres, no obstante, era un local muy pequeño y las quejas de los dueños de las fábricas colindantes y otros vecinos de las torres próximas, hicieron que no pudiese continuar mucho tiempo.
La comisión nombrada por la Junta, inspeccionó una fábrica de vidrio al noreste de la ciudad para destinarla a hospital provisional, por ser el único edificio disponible. Destinando como médicos a los doctores Pablo Sen, Ricardo Ríos y Nicolás Giménez, junto con el arquitecto municipal Ricardo Magdalena. No obstante, nunca se utilizó porque Manuel Sasera, vecino de la capital, cedió gratuitamente una torre que poseía en la carretera de Navarra. Hubo que acondicionarla a toda prisa, porque se disparó el número de contagios. Estaba aislada de cualquier otra construcción y cerca de la carretera de Madrid, por lo que fue una zona adecuada. Era un edificio rectangular de dos plantas, con abundantes ventanas, que se encontraba en buen estado y con una cocina independiente en un piso bajo anexo al edificio principal.
Pudieron colocarse 28 camas distribuidas en tres salas de enfermos, una de hombres, otra de mujeres y una sala de observación. En el piso principal quedaron instaladas las enfermerías; en el bajo se destinaron los depósitos de aguas, los roperos y sala para cadáveres. Quedaron espacios destinados para el facultativo, comisaria, el capellán y las Hermanas de la Caridad que se encargaron de los cuidados de los ingresados. Los doctores destinados por la Junta fueron don Narciso Hernández, como médico director; médico don Eduardo Romero, el alumno Julio Altabás, el farmacéutico Rafael Berbiela, cuatro practicantes de medicina y uno de farmacia. Se nombraron enfermeros y cocineros y se instaló un retén de bomberos.
El hospital empezó a funcionar el día 13 de julio de 1885, ampliándose las camas el día 17 del mismo mes (Zubiri y Zubiri, 1980).
Los facultativos ponían de manifiesto que la convalecencia del cólera era penosa y tardía, y siempre guardaba relación con la intensidad de los síntomas y la gravedad de la dolencia. Las manifestaciones iniciales solían ser digestivas o de las funciones nerviosas, también había afectación del sistema circulatorio y respiratorio.
En cuanto al tratamiento medicamentoso solo se hizo uso de sudoríficos, astringentes, revulsivos, opiáceos, infusiones de té y muy especialmente la quinina cuando se presentaban síntomas de paludismo en los coléricos. Si se presentaba colapso inyecciones de éter, siendo esto causa de disgusto de la Academia que había propuesto otros tratamientos, sin que llegaran a emplearse (Gran Enciclopedia Aragonesa, 2000).
Si predominaba la asfixia, se recomendaban ventosas, sanguijuelas y opio. Medicación que no debía usarse en pacientes con calambres. Se aconsejaba la sangría si existía congestión pulmonar. Si había isquemia cutánea hidroterapia, es decir baño frio para conseguir la reacción. La sed excesiva se calmaba con bebidas del tiempo, huyendo de las bebidas frías que se reservaban para combatir el vómito. Se recomendaban inyecciones de agua sola o de agua con sales con los aparatos de trasfusión de la época (Zubiri y Zubiri, 1980).
Desde Valencia, donde Santiago Ramón y Cajal había tomado posesión de la Cátedra de Anatomía en 1884, dejó testimonio del mecanismo más importante para la prevención del cólera, que generó gran controversia entre los médicos e investigadores sobre el modo de proceder. Los viejos galenos abogaban por el uso del láudano de Sydenham y los nuevos médicos recomendaban hervir el agua y no ingerir alimento ni bebida que no hubiese estado sometido a la cocción (Bueno, 2021).
En julio de 1885, apareció el doctor Ferrán en Valencia, medico natural de Tortosa (Tarragona) con la vacuna anticolérica que había descubierto. La Real Academia de Medicina de Aragón, se hizo eco de la noticia a través del doctor Aramendía, y el Ayuntamiento de Zaragoza envió una Comisión a Alcira. Cuando esta Comisión comentó lo que habían observado, se originó una terrible polémica sobre usar o no la vacuna, tras la cual se decidió no emplearla (Carnicero, 2007).
En ese momento había en Zaragoza 138 médicos y estudiantes de medicina y los farmacéuticos tuvieron abiertos sus 29 establecimientos en la capital (Zubiri y Zubiri, 1980).
La Junta Municipal consideró la necesidad de que se construyeran Casas de Socorro con el personal sanitario para acudir a las necesidades más urgentes. Se adquirieron desinfectantes y se procuró una cartilla gratuita con fecha 30 de junio de 1884. Los médicos municipales de la Beneficencia responsables de la atención fueron don Joaquín Gimeno y Fernández Vizarra, don Antonio García Hernández y don Salustiano Fernández de la Vega, todos miembros de la Real Academia de Medicina de Aragón.
Su misión principal consistía en recaudar fondos para abastecer de alimentos y ropas a los enfermos. Desde finales de julio a primeros de septiembre se crearon 11 Casas de Socorro ubicadas en distintas calles de la ciudad, presididas generalmente por diputados a cortes, concejales, tenientes de alcalde o alcaldes. [
Fuente: Zubiri y Zubiri (1980) Elaboración propia.
Fecha de inauguración
Lugar de Ubicación en Zaragoza
Presidente de la Casa de Socorro
21 de julio de 1885
Casa de la Infanta
Don Pedro Joaquín Soler
24 de julio de 1885
Escuela de la Victoria
Don Cándido Domingo
29 de julio de 1885
Nº 17 de la calle Torre Nueva
Don Francisco Fernández Navarrete
31 de julio de 1885
La Parroquia de San Pablo
Don Bartolomé Arroyo
4 de agosto de 1885
Calle Don Juan de Aragón
Don Hilario Andrés
5 de agosto de 1885
Calle San Miguel
Don Desiderio Escosura
6 de agosto de 1885
Calle Azoque
Don Joaquín Gimeno y Fernández de Vizarra
8 de agosto de 1885
Calle San Voto
Don Gregorio Arbunies y Espinosa
9 de agosto de 1885
Barrio del Arrabal
Don Antonio Lafuente
El Ayuntamiento instó a los sacerdotes, al igual que los alcaldes de barrio, a colaborar con las necesidades de los vecinos e indicaron que comunicasen las necesidades para elaborar los planes de auxilio social.
Así la Real y Santa Hermandad del Refugio, la Asociación de San Vicente de Paúl, las Hijas de María, Caballeros Maestrantes, los Casinos, el Banco de Crédito, la Sucursal del Banco de España, los Colegios de Abogados y notarios, ofrecieron cuantiosos donativos y ayudas. Los niños pedían limosna en la calle, y entregaron a la Sección de Socorro del distrito del Pilar dos mil pesetas (Zubiri y Zubiri, 1980).
En el mes de septiembre de 1885 comenzó a remitir la enfermedad, no obstante, hubo un recuento de víctimas de más de 13.500 personas en una provincia que tenía poco más de 400.000 habitantes. La ciudad de Zaragoza tuvo una tasa de mortalidad de las más elevadas de España con más de 2.000 fallecimientos. [
Fuente: Gaceta de Madrid. Elaboración propia.
FECHA
INVASIONES
DEFUNCIONES
FECHA
INVASIONES
DEFUNCIONES
21/07/1885
194
80
09/08/1885
183
45
22/07/1885
163
98
10/08/1885
456
31
23/07/1885
163
30
12/08/1885
157
41
25/07/1885
475
56
13/08/1885
137
35
26/07/1885
215
77
15/08/1885
121
30
27/07/1885
216
72
16/08/1885
113
24
28/07/1885
256
64
17/08/1885
433
34
30/07/1885
223
62
18/08/1885
113
34
31/07/1885
221
67
19/08/1885
107
24
02/08/1885
281
70
20/08/1885
165
42
03/08/1885
464
47
21/08/1885
187
10
04/08/1885
281
70
22/08/1885
107
28
05/08/1885
303
55
23/08/1885
114
38
06/08/1885
254
60
24/08/1885
104
31
07/08/1885
207
51
26/08/1885
69
49
08/08/1885
187
40
27/08/1885
57
19
Los movimientos migratorios y las condiciones higiénico-sanitarias de la ciudad de Zaragoza, hicieron que el cólera se propagase de forma muy rápida por la provincia y la capital.
Las autoridades iniciaron medidas preventivas para intentar controlar la propagación, aplicando medidas de saneamiento de aguas y pozos ciegos, limpieza y desinfección de locales públicos y privados, y externalizando corrales y talleres de pieles.
Se crearon Casas de Socorro para las necesidades de alimentación y vestimenta de epidemiados en los barrios, que hicieron una gran labor ciudadana. Los hospitales de Zaragoza, el hospital de Beneficencia Nuestra Señora de Gracia y el Hospital Militar, habilitaron zonas hospitalarias para los enfermos contagiados de cólera. La Junta Municipal de Sanidad, creó hospitales de coléricos en la ciudad, uno provisional en el centro, en la calle Noria, que despertó el recelo de los habitantes por el miedo al contagio; y otro a las afueras, situado al noroeste de ciudad, que cumplió una gran misión durante la epidemia de cólera de 1885.
El tratamiento empleado fue el tradicional a base de sudoríficos, astringentes, revulsivos, opiáceos, infusiones de té, quinina e inyecciones de éter. Los nuevos investigadores como Santiago Ramón y Cajal abogaban por hervir el agua y los alimentos. La vacuna del doctor Ferrán generó una gran controversia y el Ayuntamiento decidió no utilizarla.
Las instituciones civiles y eclesiásticas, al igual que la ciudadanía, se volcaron para ayudar a cubrir las necesidades de los vecinos, esto llevó a hacer a Zaragoza merecedora del título de "Muy Benéfica".