El mundo del conocimiento, en su constante búsqueda de respuestas y de mejores formas de cuidar y entender la vida, se sostiene sobre los hombros de quienes dedican su existencia a indagar, a reflexionar y a construir un legado intelectual. Sin embargo, en ocasiones, la muerte irrumpe de manera temprana, llevándose consigo a quienes no solo transformaron un campo de estudio, sino que además tejieron lazos de inspiración, aprendizaje y amistad. En apenas un año, nos han dejado tres personas que dejaron una impronta imborrable en la enfermería y en las ciencias de la salud, generando un vacío que se siente tanto en el ámbito académico como en el personal.
Cada una de estas personas fue un faro en su respectivo ámbito: la enfermería comunitaria como núcleo esencial de la atención primaria de salud,
Hoy quiero rendirles homenaje, no solo como profesional que admira sus logros, sino también como amigo que tuvo la oportunidad de compartir momentos, ideas y afectos con ellos. Este texto es una invitación a detenernos en sus vidas, para valorar lo que construyeron y reflexionar sobre lo que su ausencia significa, tanto para nuestra disciplina como para quienes tuvimos en enorme privilegio de conocerlos de cerca.
Nunca llegué a entender de dónde le venía a aquel enfermero de ánimo impetuoso y alegre la aguda capacidad de discernimiento que utilizaba en la toma de decisiones cotidianas, y también en las más comprometidas. Por su edad, no había tenido tiempo material para acumular experiencia, ¿de dónde le nacía entonces la seguridad con la que afrontaba con eficacia los no pocos avatares que tuvimos que atravesar en aquellos pueblos y comarcas secularmente abandonados de la esfera administrativa? Con Antonio Frías aprendimos sobre el poder del consenso para instaurar estrategias de cambio transformadoras y duraderas. Su precoz magisterio estaba abocado a confluir en la universidad, que es donde ha desarrollado una intensa y prolífica actividad académica. Pero, personalmente, me siento orgulloso de haber compartido con él y con su esposa Dori aquellos años jóvenes impregnados por la ilusión de hacer un mundo mejor.
No utilizaba diapositivas en sus conferencias, tampoco manejaba vehículo propio para desplazarse, una “rara avis” que nunca perdía la pícara sonrisa un tanto infantil para destripar de manera inmisericorde los desenfrenos de aquellas políticas de salud o educativas que consideraba erráticas. Supongo que fue ese talante de valedor de las subalternidades, sumado a su identidad auntocuidadora, lo que le inclinaba a acercarse a la enfermería como profesión en un esperanzador proceso de regeneración ante los discursos biomédicos tradicionales y sus efectos lacerantes.
Tuve la oportunidad de colaborar con el profesor Irigoyen en diferentes actividades de posgrado y ciclos de conferencias que solía coordinar, además de coincidir en algunas reuniones científicas a las que fuimos invitados. Pero lo más sustancioso que queda en mi memoria son los cafés vespertinos que cada cierto tiempo compartíamos en el
En mi recuerdo quedaron impresos como en un celuloide, aquellos días estivales que Paco Herrera pasó junto a su compañera Mª Carmen en
El profesor Herrera lo dejó todo dispuesto para que le sigamos encontrando. Lo hacemos en las calles de su ciudad natal, porque en cada recodo nos dejó una historia para evocarle. En las viejas calles de la ciudad portuaria nos presentó a músicos insignes y a comparsas irreverentes, a liberales decimonónicos y a mujeres turbadoras, banderas, cañones, fenicios y filibusteros. Su tacita de plata echa en falta sus pasos, y sus pasos son añorados por quienes los seguimos con deleite.
Para quieres nos dedicamos a cultivar la historia de las profesiones, el profesor gaditano nos ha dejado demasiados aprendizajes como para no evocarle en cada esfuerzo intelectual, en cada destello de luz del conocimiento, en cada gesto de erudición que podamos intentar. Es lo que nos dejan los sabios.
Cuando miramos atrás, hacia las vidas de quienes hemos perdido, es imposible no sentir una mezcla de gratitud y desconsuelo. Gratitud por lo que aportaron, por la riqueza intelectual y humana que sembraron en cada proyecto, en cada texto, en cada conversación. Y desconsuelo por las preguntas que quedaron sin respuesta, por los caminos de conocimiento que ya no recorrerán, por los vacíos que ahora somos responsables de llenar.
La partida de estas tres luminarias no solo nos deja huérfanos de su sabiduría, sino que también nos desafía. Nos reta a recoger el testigo, a mantener viva la llama de su legado, a continuar pensando, escribiendo y cuidando con la misma pasión y rigor que ellos nos enseñaron. Nos queda también la tarea de honrar su memoria no solo con palabras, sino con acciones que reflejen los valores que encarnaron: la búsqueda incansable de la verdad, el compromiso con la justicia social y la profunda humanidad que marcó su quehacer.
Así, mientras nos enfrentamos a la tristeza de su ausencia, también celebramos la fortuna de haber compartido su tiempo, sus ideas y su amistad. Porque, aunque ya no estén físicamente entre nosotros, su huella perdura en cada rincón de nuestro quehacer cotidiano, recordándonos que el conocimiento y el afecto son fuerzas que trascienden incluso a la aparente finitud de la muerte.
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