Reflexionar sobre el campo de estudios de la familia, deliberando sobre sus posibles interfaces con la salud y con la educación en la contemporaneidad.
Estudio teórico de reflexión amparado en la Psicología de la familia y la Enfermería.
Los modelos y repertorios específicos con que analizamos a la familia construyen determinadas percepciones, sentidos y prácticas. Esas representaciones atraviesan el modo como enseñamos y aprendemos sobre familia y también como desarrollamos nuestros propios repertorios tanto para la asistencia en salud como para la actuación en contextos educativos.
El concepto de familia ha demostrado ser lo suficientemente amplio y flexible para abarcar diferentes modelos, configuraciones y operadores que han impulsado cambios en esa noción. En el área de salud, comprender que los efectos de movimientos de ruptura y de permanencia coexisten en ese concepto nos ayudan a hacerlo efectivamente dinámico.
To reflect on the field of family studies, reflecting on its possible interfaces with health and education in contemporary times.
A theoretical study of reflection based on Family Psychology and Nursing.
The specific models and repertoires with which we analyze the family build certain perceptions, meanings and practices. These representations permeate the way we teach and learn about family and also how we develop our own repertoires both for health care and for acting in educational contexts.
The concept of family has proved to be sufficiently broad and flexible to encompass different models, configurations and operators that have promoted changes in this notion. In the health area, understanding that the effects of rupture and permanence movements coexist in this concept helps us to effectively make it dynamic.
La familia ha sido comúnmente referida como un espacio de pertenencia, aceptación, tensión y de conflicto. Es también un espacio de memorias, de aprendizajes y de la construcción de quien somos. Por eso las reflexiones que aquí se abordarán no pueden ser tejidas por separado de esa condición humanizadora: aprendemos a ser, entre otros, por el importante papel que la familia ejerce, lo que involucra diferentes modelos, configuraciones, contextos, demandas y marcadores.
El objetivo de este ensayo es reflexionar sobre el campo de estudios de la familia, sobre sus posibles interfaces con la salud y con la educación. El modo como la familia ha sido investigada en la contemporaneidad destaca, en todo momento, su importancia cuando pensamos las áreas de la Psicología, de la Enfermería, de la Educación y de la Sociología, por ejemplo. Aunque cada campo del conocimiento produce inteligibilidades específicas sobre lo que es - y que puede ser la familia -, nos comprometemos con perspectivas más cercanas del campo de la Psicología en su interfaz con la salud y con la educación, buscando problematizar el espacio y relevancia de esa noción para hacerlo en esas áreas.
Un primer movimiento, en ese sentido, es suspender las nociones del sentido común que traspasan la construcción de ese objeto. En perspectivas más naturalizadoras, la familia es presentada como un concepto auxiliar, como si ofreciese soporte para pensar un contexto que, en la práctica, termina siendo tomado de modo cosmético, no permitiendo mayores profundizaciones. Una equivocación que emerge de ese tipo de pensamiento es el de no problematizar la familia en términos de sus estructuras y de sus movimientos. Tal crítica es claramente expresada, por ejemplo, cuando nos aproximamos a la perspectiva bioecológica de Urie Bronfenbrenner.
Según el modelo bioecológico, la familia constituye un sistema complejo que no solo ofrece un escenario para el desarrollo de las personas, sino que permite un posicionamiento activo del sujeto: se reacciona a ese contexto, para que la familia no pase a ser una moldura, un trasfondo para el comportamiento, sino un elemento que no se puede rechazar en la comprensión de los procesos de desarrollo y madurez.
La familia es un concepto destacado en toda la Psicología, atravesando diferentes referencias, como el psicanálisis,
El binomio "familia del pasado" y "familia del presente" ha orientado muchas discusiones en el campo de la familia. Esas tradiciones buscan reflexionar sobre los procesos de cambio que han incidido sobre esa noción, a fin de que la misma, a veces, pueda mostrarse suficientemente flexible para abarcar innovaciones y nuevos itinerarios y, al mismo tiempo, ser fiel a un contexto relativamente fijo. A ese binomio incrementamos otra expresión: la "familia del futuro". Esos tres tiempos nos permiten aprender las tensiones que no solo encuentran en la familia un campo de pertenencia, sino cómo pueden orientar la dinámica de esa noción. ¿De qué modo esos tres tiempos distintos, pasado, presente y futuro, podrían ser entrelazados para proponer una noción de familia capaz de atravesarlos e integrarlos?
Para pensar la dinámica y la complejidad del concepto de familia, podemos remitirnos a dos importantes capítulos de libros y sus títulos, tomados aquí como disparadores de una reflexión: "No todo lo que cambia, cambia todo", de Maria Consuelo Passos
Así, la noción de familia parece ser suficientemente compleja para abarcar la diversidad y lidiar con su constante recreación - lo que nos permite avistar el nacimiento de nuevas expresiones, del desuso de otras y hasta del declive de estructuras que, así como los diversos aspectos culturales y sociales que nos componen, también se modifican.
Aunque nuestro objetivo en este ensayo no sea el de presentar la historia de la familia, algo que ya fue muy cotejado en la literatura científica, es necesario reafirmar algunos posicionamientos. Como una agencia socializadora, al lado de la escuela, la familia fue constituyéndose como un espacio importante no solo para la transmisión de conocimientos, de hábitos y de comportamientos, sino también como forma de cuidado, de protección y de desarrollo de todos sus miembros. Ese movimiento no se da al margen de los históricos procesos de industrialización, de urbanización y de construcción de una vida y sociedad atravesada por modos de ser y costumbres producidos, perpetuados y recreados por la familia a lo largo del tiempo y en sus más diversos marcadores sociales y culturales.
En lo que respecta específicamente a la socialización operada en la familia, ese papel tiende a ser más asociado a la infancia y a la adolescencia, como la definición presente en el libro "Psicología de la familia": "La familia puede ser concebida como una institución responsable por el proceso de socialización de sus miembros, por la educación y por el establecimiento de conductas adecuadas a sus integrantes, principalmente niños y adolescentes. De hecho, la familia es la primera institución en la cual la mayoría de los individuos mantienen contacto y por la cual son aprendidas las primeras convenciones sociales y desarrollados los primeros patrones de comportamiento".
Esa definición es oportuna para dos importantes puntos. El primero de ellos es que la familia no se muestra relevante solo en determinadas etapas del desarrollo, atravesando de modo perenne todo el ciclo vital y encontrando en cada una de esas etapas desafíos y posibilidades específicas tan bien aprendidas por la perspectiva familiar sistémica, por ejemplo.
Cuando pensamos los procesos de salud y de enfermedad, por ejemplo, la familia posee un aspecto central. La nueva pandemia de coronavirus y Covid-19 declarada por la Organización Mundial de la Salud a principios de 2020 nos ha colocado ante importantes desafíos - de esos globales, pero que también repercuten en contextos más cercanos a nosotros, como el sistema familiar-. La llamada reinvención de lo cotidiano ha tenido en la familia un importante punto de anclaje, posibilitando la emergencia de sentidos que ahora la identifican como lugar de protección, permanencia y aprendizaje, en ocasiones como lugar de exposición a riesgos y vulnerabilidades ante un escenario complejo de salud que nos afecta a todos y todas.
Sin embargo, esas repercusiones no se dan de modo aislado de importantes marcadores sociales que vinculan cuestiones de vivienda, de socialización, de asimetrías de género, de racismo, de ingresos, de acceso a bienes, a la salud, a la educación y también a mecanismos de protección social. Así, podemos ceñirnos a análisis que repercuten tanto en la educación de los hijos como en la convivencia familiar, en la forma en que las parejas se organizan ante los nuevos desafíos de la convivencia, lo que valora la capacidad de la familia a hacer frente a ese contexto de mayor dificultad, pero también abren posibilidades de cotejar movimientos que apuntan a la familia como un lugar de exposición a la violencia y no de protección en un período ya muy movilizador desde el punto de vista emocional.
En contextos de salud encontramos diversos estudios que destacan y reconocen el papel de la familia en la transmisión de procesos de enfermedad. En la producción en Enfermería son expresivas las producciones que destacan como determinados síntomas y procesos de enfermedad, por ejemplo, pueden ser identificados de una generación a otra, como enfermedades crónicas, estrés post-traumático y diversas patologías como los trastornos psiquiátricos, así como la violencia.
En una literatura más cercana de la Psicología, en perspectivas más alineadas al psicoanálisis y a la perspectiva familiar sistémica, esa comprensión gana espacio a partir del concepto de transmisión psíquica, destacando tanto los procesos psíquicos que pasan de una generación a otra como de elementos que atraviesan varias generaciones.
En el psicoanálisis de los vínculos esa transmisión no ocurre solo a través de la negatividad, o sea, de la falta, de aquello que no fue elaborado y del síntoma, sino también de procesos asociados al desarrollo saludable. El proceso de transmisión puede permitir la llamada resiliencia familiar, concepto empleado para abarcar una serie de procesos y comportamientos que poseen como finalidad la adaptación y la madurez.
Un ejemplo de ello es el divorcio de los padres. Aunque ese fenómeno pueda tener una repercusión negativa para el niño, viviéndolo de modo traumático y no permitiendo una elaboración por parte de todos los involucrados, en la fase adulta ese sujeto puede establecer relaciones interpersonales que favorezcan la construcción de nuevos vínculos, vínculos que pueden entrelazar traumas no elaborados a partir de las primeras relaciones.
Esa mirada puede ser útil al pensar la salud familiar. La salud en la familia puede ser comprendida a partir de dos operadores sistémicos.
El otro operador es la delimitación de fronteras, que recupera la necesidad de que la familia tenga que ejercer el control sobre sus miembros en momentos de mayor movilización o cuando la flexibilidad puede amenazar la estructura de la familia.
Los profesionales de la salud pueden y deben estar atentos a esos elementos en la promoción del cuidado y en la búsqueda por una comprensión de familia suficientemente abierta a la complejidad,
Al hablar de las permanencias y de las rupturas acerca de ese concepto necesitamos abrirnos permanentemente a las recreaciones, a las diferentes configuraciones y a los diferentes desafíos inherentes a este movimiento.
Las diversas transformaciones en el ejercicio de la paternidad y en la experiencia de la conyugalidad, por ejemplo, pueden ser caminos importantes para nuestra reflexión. Pensar en las necesidades de salud y de educación en familias compuestas por parejas de gays y lesbianas,
Esa apertura puede promover prácticas educativas y de cuidado menos estereotipadas, estigmatizantes, prejuiciosas, elitistas y marcadas por movimientos como el racismo, el bullying y la violencia, por ejemplo. Puede permitir que surjan reflexiones que sean más apetecibles a la presencia en la familia en espacios de promoción de cuidado, a un abordaje más respetuoso y humanizado de esas familias en la atención básica, a un movimiento de mayor inclusión de la familia en la escuela, por ejemplo, no dicotomizando los procesos de cuidado y de educación y permitiendo que las instituciones que promueven la salud, educación y cuidado puedan ser también espacios que inviten a la familia en todas sus matices.
Esas discusiones pueden y deben ser permanentemente alentadas en espacios formativos como la escuela y la universidad. Traer a la familia a una discusión que invite al contacto con el otro puede ser un movimiento potente en el sentido de promoción de acciones más inclusivas y abiertas, de hecho, a inteligibilidades, modelos, configuraciones y formas de ser que pueden ser transformadoras. La escuela puede promover una escucha para la familia que la destituya de un lugar muchas veces de embate con la educación formal, invitándola a un diálogo que no destaque la diferencia, pero sí la tolerancia. Este movimiento más inclusivo también puede propiciar que las dicotomías producidas sobre el educar y el cuidar puedan ser substituidas por alianzas, aproximaciones y por recreaciones construidas por los encuentros entre esas instituciones. Esos procesos pueden y deben conducir a la corresponsabilidad y a un cuidado compartido que respete las especificidades de esas instituciones, pero que también permitan avances y problematizaciones que sean asumidas como constituyentes de esa acción.
En la universidad, las reflexiones deben pautarse por el reconocimiento de que diferentes formas de ser familia pueden demandar diferentes formas de educar y de cuidar, lo que no debe reorientar la definición de familia, sino justamente la de cuidado. Para ello, es necesario producir un cuidado ético, crítico, referenciado y suficientemente abierto. Volvemos, pues, a los desafíos de ese tema, lejos de asumir una respuesta unívoca y definitiva, pero señalando caminos que pueden conducir a resultados considerados positivos y a itinerarios llenos de sentido.
Finalmente, nos cabe problematizar que los manuales sobre familia, ya sea en la llamada Psicología de la Familia o en la Enfermería, traen modelos y repertorios específicos que construyen determinadas percepciones, sentidos y prácticas al lidiar con ese fenómeno. Esas representaciones atraviesan el modo como enseñamos y aprendemos sobre familia y también como desarrollamos nuestros propios repertorios tanto para asistencia en salud como para la actuación en contextos educativos. Esos modos de ser y de hacer que, muchas veces, se perpetúan de manera acrítica y ajena al dinamismo del concepto - y del propio vivir - deben siempre ser revisados por los investigadores y por los profesionales de la salud y de la educación. Lejos de cristalizar y delimitar formas de ser y de entrar en contacto, es importante comprender que no podemos tratar o pensar sobre la familia como una dimensión externa al sujeto.
Ese proceso de suspensión, si bien nos permite, por ejemplo, analizar algunos eventos específicos cuando nos posicionamos como investigadores e investigadoras en ese campo, no debe distanciarnos de la forma como también vivimos esos sentidos. Al hablar de algo muchas veces distante también estamos hablando de algo muy cercano. Esa complejidad debe producir en nosotros, de modo perenne, una disponibilidad para lanzar una mirada igualmente compleja a ese concepto, lo que podrá conducirnos a una revisión constante de quienes somos, de qué son las personas a nuestro cargo y de quién podemos convertirnos en los procesos de desarrollo, de educación y de promoción de la salud.